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CRÓNICAS PERRAS. ¡Quiere Volar!

Por El Perrochinelo

¡Ora sí, agárrense del poste porque ahí les va el chisme!. Les ladra su valedor el Perrochinelo, ciudadano honorario de banquetas, tragador profesional de tacos caídos y filósofo de crucero cuando el semáforo se pone en rojo. Yo mero vi cómo esta ciudad se ha vuelto un hervidero desde que la Selección Mexicana se aventó la hombrada en este Mundial del 2026. No sé si fue milagro, deuda histórica o porque de plano San Judas ya se cansó de que le lleváramos tantas veladoras, pero el caso es que el Tri ha ganado 4 partidos y la Ciudad de México ha explotado de alegría como cohete de feria.

Nomás sonó el silbatazo final del México vs Ecuador y aquello parecía que habían decretado barra libre en todo el Valle de México. Se vaciaron las casas, los depas, las vecindades, los edificios fifís y hasta las oficinas donde el godín llevaba horas fingiendo que trabajaba mientras esperaba huir al Ángel. Todo mundo pa' la calle. El Ángel parecía cazo de carnitas en domingo: hasta el gorro. Banderas por todos lados, trompetas desafinadas, tambores, camisetas verdes, blancas y negras, chamacos trepados en los hombros del jefe, doñitas llorando como si hubiera regresado un hijo del gabacho y señores que llevaban veinte años diciendo "este año ni veo el Mundial porque siempre decepcionan"... eran los primeros en andar abrazando desconocidos.

Y cómo no. Si esta ciudad vive de puras desquitadas. Aquí cualquier pretexto sirve pa' sacar el estrés que les dejó el tráfico, la renta, el Metro que nomás no pasa, el jefe que cree que sus esclavos son pulpos y las deudas que llegan. El festejo es una especie de terapia colectiva, pero con más chela y menos psicólogo.

Yo iba correteando entre las patas de la banda, esquivando vasos de cerveza, elotes voladores y uno que otro humano que caía del cielo que algún iluminado decidió hacerlo “volar”. Porque nunca faltan los campeones de la imprudencia. Hay gente que cree que celebrar es romper cuanto encuentre, treparse al semáforo como chango o aventarle una botella a las personas. Pos no, mis valedores. Una cosa es la pachanga y otra muy distinta hacerse güey con el sentido común.

Vi compas ayudando a levantar a quien se caía, compartiendo agua con desconocidos, abrazando hasta al policía que ya no sabía si cuidar el orden o pedir otra porra. Ésos son los que rifan. Pero también vi al clásico que ya ni celebraba el triunfo; nomás andaba buscando bronca porque el alcohol le convirtió el cerebro en licuado de miércoles. Ahí sí ya no está chido. El chupe, cuando se pasa de la raya, convierte al más buena onda en comentarista de cantina con complejo de luchador profesional.

Y es que luego escucho eso de "es que es la emoción". Simón, la emoción existe, pero también existe el autocontrol, aunque sea de medio tiempo. Porque luego el que acaba pagando el relajo es el conductor neurótico que iba pasando, la señora que sólo quería regresar a su casa, el barrendero que al otro día recoge toneladas de latas, vidrios y banderas abandonadas como si hubiera pasado un huracán patrocinado por una cervecera.

Lo que sí me sacó una carcajada fue ver a los chilangos expropiarse del Mundial como sólo ellos saben. Había uno disfrazado de árbitro repartiendo tarjetas amarillas al que se metiera en doble fila. Otro llevaba una botarga del ajolote mundialista bailando sonidero con unas japonesas. Un organillero tocó el "Cielito Lindo" y toda la banda lo siguió como si fuera himno nacional remix. Un microbusero traía pintado en el parabrisas: "Si gana México el mundial no cobro". Eso sí es folclor de exportación.

También me tocó ver algo bien chilango: cuando un señor se cayó de puro borrachín, antes de que alguien se burlara ya había cinco levantándolo, una señora regañándolo como si fuera su hijo y un señor regalándole un consomé "pa' que reviva". Porque esta ciudad podrá ser respondona, gritona y acelerada, pero cuando se acuerda de que también tiene corazón, no hay quien le gane.

Así que sí, qué bueno que el Mundial nos regaló un rato para olvidarnos de las broncas, para abrazarde entre desconocidos y gritar los goles hasta que se  quedaron afónicos. Qué bueno que las calles se llenaron de risas en vez de puro claxon. Pero tampoco confundamos la felicidad con el vale madrismo. La fiesta se disfruta más cuando todos regresan completos a su casa.

Se los dice el Perro Chinelo, que de andar entre banquetas sabe un rato. Porque al final del partido, cuando se apagan los cohetes, se barren los confetis y el último mariachi desafina el "México lindo y querido", la ciudad sigue aquí, esperando que la tratemos como esa compa de barrio que siempre nos recibe con los brazos abiertos. Y a los compas de barrio no se les destruye la casa, no se les convierte en chiquero el camellón ni se les vomita la entrada de la casa.

Festejen, canten, lloren, échense la cascarita de madrugada si hace falta. Pero no olviden que el mejor gol también es llegar todos sanos al silbatazo final. Porque una cosa es echar desmadre... y otra muy distinta hacer del desmadre una falta de respeto para los demás. Ahí sí, mis valedores, ni el VAR los salva.


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