Por TPS
Hubo una vez un duque llamado Richie que habitaba un reino donde el ogro Trump constantemente amenazaba con ataques, la honestidad era considerada una virtud menor y la ambición desmedida era una enfermedad común.
Richie poseía todas las cualidades necesarias para gobernar según su propia opinión: hablaba mucho, escuchaba poco y confundía la adulación con el amor popular. Además, estaba convencido de que la Corona le pertenecía por derecho natural, pues nadie admiraba tanto a Richie como Richie mismo.
Sin embargo, existía un pequeño obstáculo: la Reina.
La soberana gobernaba con la aburrida costumbre de hacer cumplir las leyes. Entre aquellas leyes figuraba una particularmente ofensiva para el duque: el pago de impuestos.
Durante los reinados anteriores, Richie había considerado que los impuestos eran una obligación noble para los demás y una sugerencia opcional para él. Pero una mañana llegaron los recaudadores del reino, acompañados de contadores, escribanos y varios documentos tan auténticos como desagradables.
—Excelencia —dijeron—, venimos a cobrar lo que debe.
Richie se puso rojo como un jitomate aristocrático.
—¡Esto es una persecución!
—No, excelencia. Son impuestos.
Pero el duque ya había decidido cuál de las dos explicaciones sonaba más heroica.
Furioso, reunió a sus juglares y heraldos.
—¡Difundan por el reino que la Reina es una tirana!
—¿Lo es? —preguntó un juglar.
—No importa. Exageren algunas verdades, inventen algunos detalles y mezclen todo bien. El pueblo jamás distingue una noticia de un chisme si ambos vienen adornados con suficiente entusiasmo.
Los heraldos partieron por caminos y tabernas. Pronto comenzaron a circular historias extraordinarias. Según ellos, la Reina desayunaba impuestos, cenaba impuestos y probablemente dormía sobre una almohada rellena de impuestos.
Cada día la indignación crecía, especialmente entre quienes ignoraban los hechos y apreciaban la emoción de sentirse indignados.
Animado por el ruido, Richie concluyó que ya era amado por las multitudes.
—Ha llegado la hora —declaró—. Seré rey.
Organizó entonces una gran aparición pública. Contrató músicos para tocar fanfarrias, vendedores para repartir banderas y una multitud de paleros profesionales cuya principal habilidad consistía en aplaudir antes de entender qué estaba ocurriendo.
Cuando el duque apareció en la plaza, los aplausos apenas si se escucharon.
—¡Viva Richie! —gritaban dos o tres paleros.
—¡Nuestro futuro rey! —coreaban los mismos.
El duque sonreía con esa expresión propia de quienes confunden una escenografía con la realidad.
Entonces ocurrió la tragedia.
Desde el fondo de la plaza, donde nadie había pagado por participar, un ciudadano cualquiera levantó la voz.
—¡Perrita de Trump!
La multitud quedó en silencio.
No porque la frase fuera especialmente ingeniosa, sino porque tenía esa cualidad devastadora que poseen ciertas verdades incómodas: resumía años de contradicciones en tres palabras.
Los juglares dejaron de tocar.
Los heraldos dejaron de proclamar.
Los paleros, por primera vez en sus carreras, comenzaron a preguntarse si les estaban pagando lo suficiente.
Y el duque, que había preparado respuestas para conspiraciones, traiciones, campañas de desprestigio y guerras imaginarias, descubrió que no tenía defensa alguna contra una carcajada colectiva.
La plaza estalló en risas.
Los aplausos se transformaron en murmullos.
Los murmullos en burlas.
Y las burlas en ese temible juicio popular que ninguna corona, espada o título nobiliario puede silenciar: el ridículo.
Aquella tarde, Richie comprendió demasiado tarde que el poder puede sostenerse sobre el miedo, sobre el dinero o sobre la mentira, pero jamás sobre la burla.
Regresó a su castillo derrotado.
No por la Reina.
No por los impuestos.
Ni siquiera por la verdad.
Fue vencido por algo mucho más peligroso: un ciudadano que no había leído el guión.
Moraleja
Quien construye un trono con rumores suele descubrir que basta una carcajada para convertirlo en un triste banquito.
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