La decepción no llegó
La decepción no llegó como llegan las tragedias.
No hubo trompetas,
ni campanas quebrándose en el aire,
ni un dios furioso arrancando estrellas
del techo de la noche.
Llegó como llega el polvo.
Silenciosamente.
Posándose sobre las fotografías,
sobre los libros abiertos,
sobre las promesas que alguna vez brillaron
como monedas recién acuñadas.
Al principio no la reconocí.
Pensé que era cansancio.
Una sombra pasajera
cruzando los vitrales del alma.
Pero una mañana descubrí
que los pájaros de mis certezas
habían abandonado el campanario.
Y el cielo seguía allí,
perfectamente azul,
como un actor mediocre
repitiendo su papel de eternidad.
Entonces comprendí.
La decepción es una ciudad
que uno construye con mármol
para descubrir después
que estaba hecha de cartón.
Es besar una reliquia
y encontrar en los labios
el sabor del estaño.
Es escuchar una voz
que parecía venir de los astros
y descubrir detrás del telón
a un hombre pequeño
moviendo cuerdas.
Durante mucho tiempo
quise odiarla.
Quise expulsarla de mi casa
como se expulsa a una plaga.
Pero la decepción se sentó a mi mesa.
Bebió de mi vino.
Encendió mis lámparas.
Y comenzó a hablar.
Me mostró los disfraces
que yo llamaba verdades.
Las coronas de papel
que confundí con reinos.
Los espejos donde sólo admiraba
mis propias ilusiones.
Comprendí entonces
que toda decepción
es una forma tardía del conocimiento.
Una moneda oscura
que la realidad deposita
en nuestras manos.
Duele.
Claro que duele.
Como duele el invierno
cuando descubre los huesos de los árboles.
Como duele la marea
cuando se lleva los castillos
que construimos junto al mar.
Pero después de la devastación
queda algo.
No la esperanza.
Algo más humilde.
Más verdadero.
La mirada.
Esa lámpara pobre
que continúa encendida
cuando todos los altares han caído.
Y así avanzo ahora.
Entre ruinas.
Recogiendo fragmentos de luz
entre los escombros de mis antiguas certezas.
Porque he aprendido
que la decepción no es el final del viaje.
Es la frontera.
El instante preciso
en que los ídolos se vuelven piedra,
y las piedras,
por fin,
comienzan a hablar.
OA
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