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DESENFOQUES. Ken Loach y la dignidad de los invisibles

Fotografía de Georges Biard
Fuente: 
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/7/78/Ken_Loach_Cannes_2019.jpg/500px-Ken_Loach_Cannes_2019.jpg


Por Andrea Méndez

Hay directores que les encanta contarnos grandes acontecimientos históricos. Otros que construyen universos fantásticos o exploran las profundidades de la mente humana a través de complejas metáforas visuales. Y está Ken Loach, que parece empeñado en algo mucho más sencillo y, por eso mismo, mucho más difícil: mirar a las personas que casi nadie quiere mirar.

La primera vez que vi Mi nombre es Joe (1998). Yo aún estaba en la universidad y todavía tenía esa idea un poco ingenua de que el cine social era una especie de sermón ilustrado. Esperaba una película correcta, comprometida, importante. Lo que encontré fue algo muy distinto. Vi a un hombre intentando mantenerse a flote en medio de una realidad que parecía diseñada para hundirlo. Cuando terminó la película me quedé pensando varios minutos. No estaba triste exactamente. Sentía algo más complejo. Una mezcla de impotencia y reconocimiento.

Porque eso es lo que mejor hace Ken Loach: obligarnos a reconocer la humanidad de quienes suelen convertirse en estadísticas.

El cine de Loach siempre me ha parecido profundamente interesante porque se aleja de la idea tradicional del individuo como único responsable de su destino. Sus personajes poseen deseos, contradicciones, traumas y conflictos internos, sí, pero esos conflictos nunca aparecen aislados del contexto social. La psique y la estructura económica están constantemente dialogando.

Para Loach la salud emocional no puede separarse de las condiciones materiales de existencia.

Parece una obviedad, pero el cine contemporáneo muchas veces olvida esta relación.

Cuando vi Yo, Daniel Blake (2016), por ejemplo, no vi únicamente a un hombre enfrentando una burocracia absurda. Vi algo más profundo. Vi cómo una institución puede erosionar progresivamente la autoestima de una persona. Cómo la imposibilidad de ser escuchado termina afectando la identidad misma.

Hay una escena que siempre me persigue. Daniel intenta demostrar que necesita ayuda mientras el sistema insiste en reducirlo a formularios y procedimientos. Lo que está en juego no es solamente una prestación económica. Es el reconocimiento de su existencia.

Solemos hablar de la importancia de ser vistos por el otro. De ser reconocidos como sujetos. Lo aterrador en muchas películas de Loach es observar cómo ciertos sistemas sociales producen exactamente lo contrario: invisibilidad.

Visualmente, además, resulta interesante la manera en que construye esa sensación. Loach evita los encuadres ostentosos. No busca embellecer el sufrimiento. Su cámara suele colocarse a la altura de las personas, observándolas con una cercanía respetuosa. No hay una voluntad de exhibir la pobreza como espectáculo. Hay una necesidad ética de acompañar.

Por eso sus películas generan una sensación de autenticidad tan poderosa.

Algo parecido ocurre en Sorry We Missed You (2019), una de las películas más tristes que he visto sobre el trabajo contemporáneo. Mientras la observaba no podía dejar de pensar en la ansiedad como fenómeno social. Solemos hablar de la ansiedad como un problema individual, casi clínico, pero Loach muestra cómo determinadas condiciones laborales la producen de manera sistemática.

El protagonista trabaja más horas de las que puede soportar, vive bajo una vigilancia constante y enfrenta exigencias imposibles de cumplir. Poco a poco observamos cómo su identidad comienza a fracturarse.

No hay monstruos.

No hay villanos caricaturescos.

Sólo un sistema que transforma el agotamiento en una condición permanente.

Y eso es aún más inquietante.

Otra de las cosas que admiro profundamente de Loach es su capacidad para encontrar espacios de solidaridad incluso en medio de escenarios profundamente hostiles. Sus personajes sufren, fracasan y se equivocan, pero rara vez están completamente solos.

Pienso en Pan y rosas (2000), donde los vínculos entre trabajadores migrantes adquieren una importancia fundamental. O en The Wind That Shakes the Barley (2006), donde las relaciones afectivas se entrelazan con los conflictos políticos de la Irlanda revolucionaria.

En estas películas aparece una idea que está en buena parte de su filmografía: la dignidad no es un atributo individual sino una construcción colectiva.

Quizá por eso sus historias me dejan una sensación tan extraña. No salgo del cine con optimismo. Tampoco con desesperanza. Salgo con la conciencia de que muchas de las heridas psicológicas que cargamos tienen raíces sociales mucho más profundas de lo que solemos admitir.

El cine de Ken Loach funciona como una especie de ejercicio de atención. Nos obliga a detenernos frente a personas que normalmente atravesaríamos sin mirar. Nos permite ver que detrás de cada empleo precario, cada desalojo, cada trámite burocrático y cada estadística económica existe una vida compleja, llena de afectos, miedos, recuerdos y deseos.

Y en tiempos donde tantas imágenes compiten por nuestra atención, esa capacidad de mirar con paciencia y con respeto quizá sea una de las formas más profundas de resistencia que puede ofrecer el cine.

Porque al final, cuando las luces de la sala se encienden, uno descubre que las películas de Ken Loach no hablan solamente de pobreza, trabajo o política.

Hablan de algo más elemental.

Hablan de seres humanos intentando conservar su dignidad en un mundo que constantemente les exige renunciar a ella.


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