Por Félix Ayurnamat
EL OBJETO Y EL ARTE
Uno aprende pronto que el arte contemporáneo tiene una habilidad envidiable: convertir la rebeldía en protocolo y la provocación en mercancía. El arte objeto no es la excepción. Aquello que en algún momento fue simbólicamente impactante hoy se exhibe con la solemnidad de una idea sofisticada que nadie se atreve a criticar y que todos fingen entender.
Ese gesto de tomar algo cotidiano y colocarlo en el pedestal prometía destruir las jerarquías del arte. Y sí, durante un tiempo lo logró: incomodó, desordenó, hizo rabiar a más de un inquisidor del buen gusto. Pero, como suele ocurrir en el mundo cultural, la herejía no tarda en volverse dogma. Hoy el arte objeto se encuentra en todas las galerías y ferias con una seguridad casi aristocrática, acompañado de textos curatoriales que funcionan como instructivos de uso: “esto es arte, por favor reaccione en consecuencia, no sea un ignorante”.
El problema no es el objeto en sí, sino el ritual que lo rodea. Se ha vuelto necesario un cierto entrenamiento, casi iniciático, para no sentirse fuera de lugar frente a una escoba apoyada en la pared o un bote de plástico estratégicamente iluminado. Y ahí es donde uno sospecha que algo está mal: el arte deja de ser una experiencia para convertirse en una prueba de pertenencia. Si entiendes, perteneces; si no, siempre puedes asentir con seriedad y murmurar algo sobre “la tensión del espacio”.
El ready-made. Ese gesto brillante que en su momento puso en jaque la noción de autoría hoy corre el riesgo de convertirse en franquicia. Se repite con tal entusiasmo que uno empieza a pensar que ya no se trata de cuestionar el sistema, sino de cumplir con una cuota de irreverencia cuidadosamente administrada. Cambia el objeto, se ajusta el discurso, se imprime la cédula… y listo: la transgresión ha sido debidamente institucionalizada.
Lo más curioso, y aquí el cinismo ya no alcanza a disimular la incomodidad, es que muchas de estas piezas dependen más de lo que se dice sobre ellas que de lo que son. Sin el andamiaje teórico, el objeto queda desnudo, como si de pronto olvidara su papel. Y entonces la obra ya no interpela: se explica, se defiende, se justifica. Como si necesitara abogado.
A esto habría que añadirle un detalle nada menor: la relación del arte objeto con la realidad material de la que se alimenta. Porque no deja de ser curioso que muchos de estos gestos, que presumen cercanía con lo cotidiano, operen en circuitos completamente alejados de esa cotidianidad. El objeto “rescatado” de la vida diaria no regresa a ella transformado, sino que es absorbido por vitrinas, ferias y colecciones privadas, donde su nueva función es otra: circular como signo de valor. Y en ese tránsito, lo cotidiano deja de ser experiencia compartida para convertirse en mercancía con pedigrí conceptual.
En este contexto, el arte objeto corre el riesgo de empobrecerse no por falta de ideas, sino por exceso de fórmulas. La repetición del gesto termina por vaciarlo de sentido, como una palabra que se dice tantas veces que pierde significado. Y mientras tanto, el circuito cultural (siempre eficiente) lo convierte en signo de distinción: quien lo comprende demuestra sensibilidad; quien no, mejor que regrese con el lumpen.
También habría que preguntarse por la pereza. Sí, la pereza, aunque suene poco elegante decirlo, que a veces se esconde detrás del recurso. Porque si todo puede ser arte con solo cambiarlo de lugar, el riesgo es que nada tenga que ser trabajado con verdadera intensidad. El gesto sustituye al proceso, la ocurrencia desplaza a la investigación, y el objeto termina funcionando como atajo. No es que falten artistas rigurosos; es que el modelo permite, con demasiada facilidad, que la repetición pase por propuesta y que la economía de medios se confunda con profundidad.
Y, sin embargo, el asunto no es invalidar el arte objeto como si se tratara de una moda incómoda que ya pasó. El problema es el uso acrítico y excesivo que lo ha convertido en fórmula. Tal vez habría que devolverle el sentido, pero no desde la repetición del gesto original, sino desde una relación más honesta con los contextos, los materiales y las experiencias que lo rodean. Es decir, dejar de tratar al objeto como coartada intelectual y empezar a asumirlo como lo que podría ser: un punto de partida para que el arte vuelva a incomodar de verdad, sin necesidad de instructivo.
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