Por OA
Hubo un tiempo en que la casa dejó de ser refugio y se volvió espejo.
Dos años (dicen que fueron dos), pero yo los sentí como una sola tarde larga, estirada hasta romperse, donde el silencio aprendió a decir mi nombre. Afuera, el mundo se iba apagando poco a poco, como esos pueblos que uno abandona sin despedirse. Adentro, en cambio, todo empezaba a hacer ruido: la madera que crujía, el agua que goteaba, mis pasos que ya no iban a ningún lado.
Al principio quise huir de mí. Me sentaba en distintas sillas, cambiaba de cuarto, abría y cerraba ventanas como si el aire trajera otra vida pegada. Pero no. Yo estaba ahí siempre, esperándome. Quieto. Paciente. Como si supiera que tarde o temprano iba a cansarme de escapar.
Y me cansé.
Fue entonces que empecé a escucharme. No con palabras, sino con esas cosas que uno guarda en los rincones: recuerdos que olían a polvo, culpas que se movían como sombras al atardecer, pequeñas alegrías que aún respiraban bajo los escombros de los días. Me senté frente a todo eso como quien se sienta frente a un desconocido… y le ofrece un poco de agua.
No fue fácil. Hubo noches en que el silencio pesaba más que el cuerpo, y otras en que el tiempo se volvía una cosa espesa que no dejaba pasar la luz. Pero poco a poco, casi sin darme cuenta, dejé de temerle a esa presencia que era yo mismo.
Aprendí a acompañarme.
A veces hablaba solo, pero ya no como quien se pierde, sino como quien se encuentra. Cocinaba para dos (para el que fui y el que estaba siendo), y en las madrugadas, cuando todo parecía suspendido, me descubrí en paz. Una paz rara, sí, de esas que no hacen ruido pero se quedan.
Cuando por fin abrieron las puertas y el mundo volvió a respirar, salí… pero algo se había quedado adentro, acomodado en su sitio. Ya no necesitaba huir.
Porque entendí que uno no está solo cuando aprende a sentarse consigo mismo sin querer levantarse.
Comentarios