Querido Félix
Te escribo desde mi rincón favorito de la oficina: ese donde no tengo que convivir con nadie y, por lo tanto, con ninguna de las “estrategas del amor” que últimamente me rodean. Sí, esas que no buscan pareja… buscan una especie de inversión a largo plazo con beneficios fiscales emocionales.
No sabes el espectáculo que es escucharlas. Hablan del amor como si fuera un portafolio diversificado: “que tenga estabilidad”, dicen (traducción: dinero); “que esté bien presentado” (traducción: lo más cercano posible a un modelo de la alemania nazi); “que me sume” (traducción: que me saque de aquí). Yo las observo en silencio, como quien contempla un documental de especies en adaptación: fascinante, pero ligeramente deprimente.
Lo curioso es que todo lo dicen con una seriedad casi espiritual, como si estuvieran persiguiendo la iluminación y no una mezcla rara de ascenso social con casting racial. Y uno pensaría que el amor, ese concepto desgastado pero todavía útil, tendría algo que ver… pero no, aquí lo importante es optimizar la melanina ajena y el estado de cuenta.
A veces me dan ganas de intervenir, de decirles: “Oigan, ¿y si mejor trabajamos en la autoestima en lugar de en el tono de piel del pretendiente?” Pero luego recuerdo que no me gusta hablar con la gente y se me pasa.
No es que las juzgue (bueno, sí las juzgo), pero más que nada me intriga cómo terminamos creyendo que el cariño se mide en escalones sociales y que el afecto mejora con filtros de blanqueamiento simbólico. Es como si el deseo hubiera sido educado en una escuela muy estricta donde lo “correcto” siempre viene con dinero y tez clara.
En fin, yo seguiré aquí, fiel a mi antisocialidad, evitando ese mercado afectivo donde el amor parece subasta.
Con afecto (pero sin aspiraciones de mejora genética ni financiera),
Tu amiga que prefiere el aislamiento a la hipergamia.
Rebeca Jiménez
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