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IMPRONTAS. Ausencias

Por Félix Ayurnamat

En la colonia los días no avanzaban, se quedaban recargados en las paredes como el humo. Yo lo noté desde que empecé a quedarme más tiempo en el cuarto, sin prender la radio, oyendo cómo el vecino arrastraba muebles que nunca cambiaban de lugar.

A ella la conocí en un camión que iba lento, como si no quisiera llegar. Se sentó junto a mí sin pedir permiso. Traía una bolsa de plástico apretada contra el pecho, como si adentro hubiera algo que no debía escaparse.

—¿Siempre tarda tanto? —me dijo.

—Siempre —le respondí.

No hablamos más. Pero desde ese día se fue quedando. Primero en las paradas, luego en las tardes, luego en el cuarto.

Decía que todo iba a mejorar. Lo decía sin mirarme. Yo le creía porque no había mucho más que hacer.

 

El cuarto era chico. A veces parecía más chico cuando ella estaba. Dejaba sus cosas en cualquier lado: la bolsa, unos zapatos que nunca terminaban de secarse, un espejo rajado donde se miraba sin acomodarse el cabello.

—Un día nos vamos a ir de aquí —decía.

—Sí.

—A un lugar donde no haya ruido.

Yo no le decía que aquí tampoco lo había.

 

Empezó a llegar tarde. Primero una hora, luego dos. Yo no preguntaba. Me sentaba en la cama y me quedaba viendo la puerta, como si de tanto mirarla fuera a abrirse sola.

Cuando entraba, no decía nada. Dejaba caer la bolsa, se quitaba los zapatos.

—¿Ya comiste? —le preguntaba.

—Por ahí.

Y se acostaba sin cambiarse. A veces se quedaba mirando el techo, otras cerraba los ojos sin dormirse.

 

Un día trajo dinero.

—Nos va a alcanzar —dijo, dejándolo sobre la mesa.

—¿De dónde?

Se encogió de hombros.

—De trabajar.

No pregunté más. Me pareció suficiente que el dinero estuviera ahí, quieto, como si siempre hubiera sido nuestro.


Después empezó a hablar de él.

No lo nombraba. Decía “me dijo”, “me llevó”, “me va a ayudar”.

—Tiene contactos —me dijo una vez.

—Ah.

—Sabe cómo salir de esto.

—Ah.

No pregunté quién era. Tampoco quise saber. Me bastaba con que alguien más supiera lo que nosotros no.

 

Una noche no llegó.

No fue extraño. Me quedé sentado en la cama, con los zapatos puestos, esperando que se escucharan sus pasos en la escalera.

Se hizo de mañana.

Salí a la calle. Los puestos ya estaban armados, pero nadie parecía tener prisa. Caminé hasta la esquina donde tomábamos el camión. Me quedé ahí, viendo cómo pasaban, uno tras otro, sin detenerse.

Un señor me preguntó la hora.

—No sé —le dije.

Se quedó mirándome un rato, como si esperara algo más. Luego se fue.

 

Regresé al cuarto. La bolsa no estaba.

El espejo seguía ahí, rajado igual que antes.

El dinero también se había ido.

 

Pasaron días. O semanas. No supe bien.

A veces creía escucharla en la escalera. Me levantaba, abría la puerta. No había nadie.

—Siempre tarda —me dije una vez, en voz alta.

La voz se quedó en el cuarto, dando vueltas.

 

Una tarde la vi.

Iba del otro lado de la calle, caminando junto a un hombre. Él hablaba, ella asentía. Traía ropa distinta. No cargaba la bolsa.

Quise cruzar, pero los coches no dejaban de pasar. Me quedé ahí, esperando un hueco que no llegaba.

Cuando por fin pude avanzar, ya no estaban.

 

Esa noche me senté en la cama. No prendí la luz.

Pensé en todo lo que no dije. En todo lo que no pregunté. En las veces que creí que quedarse quieto era lo mismo que estar a salvo.

—Un día —dije.

Pero no supe qué seguía después.

 

Desde entonces, el cuarto parece más grande. O más vacío. No sabría decir.

A veces dejo la puerta entreabierta, por si vuelve.

A veces no.

El vecino sigue moviendo los muebles.

Y yo sigo aquí, esperando algo que ya pasó. O que nunca llegó.

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