Por El Perrochinelo
Mira, carnal, yo no sé de teologías ni de esas ondas elevadas que luego se avientan los humanos cuando se ponen solemnes, pero de andar en la calle, de oler el pavimento caliente y de escuchar los murmullos del barrio, de eso sí soy doctor honoris causa, aunque nadie me haya dado el diploma más que la vida gandalla. Yo soy un perro de esos que no tienen nombre fijo, porque cada quien me grita distinto: “¡Firulais!”, “¡Lárgate!”, “¡Quítate, pulgoso!”, dependiendo del humor del día. Pero ese día, en Iztapalapa, hasta yo me sentí parte del elenco.
Era Viernes Santo y el barrio estaba más prendido que foco de vecindad. Desde temprano ya se sentía el movimiento: doñitas barriendo la banqueta con más ganas que de costumbre, los morros correteándose como si no hubiera mañana y los señores acomodando sillas como si fueran a ver lucha libre. Yo nomás iba pasando, en plan zen, filosófico, medio viajado, oliendo restos de comida vieja, cuando de pronto ¡pum!, que me cae el primer tamborazo. Retumbó en mi panza como si me hubieran pateado, pero era puro ritmo, puro llamado.
Ahí empezó el show.
Un cuate cargando la cruz, pero no cualquier cruz, eh, una de esas que hasta a mí me daban ganas de decir “aguas, compa, te vas a tronar la espalda”. El vato iba serio, sudando, con cara de “ya valió pero aquí sigo”, mientras la banda lo miraba entre respeto, curiosidad y uno que otro que sacaba el celular pa’ grabar, porque pues también hay que subir la historia, ¿no?
Yo me le pegué tantito, porque uno es chismoso por naturaleza y porque, la neta, había un olor interesante entre incienso, polvo y fritanga que me tenía bien clavado. A cada paso, la gente murmuraba cosas: que si el sacrificio, que si la fe, que si el primo que también participó el año pasado y se desmayó bien feo. Y yo pensando: “órale, estos humanos sí se meten en unos viajes bien densos”.
Pero lo más chido era la mezcla, carnal. Porque mientras unos lloraban y rezaban, otros vendían quesadillas, aguas locas, hasta nieves. Era como si la tragedia y el antojo se dieran la mano en plena calle. Yo, como buen perro de barrio, aproveché el bug del sistema: me chingué un pedazo de tortilla que se le cayó a un niño distraído. Bendito sea el caos.
Luego estaban los soldados romanos, puro compa disfrazado, bien metido en su papel, con cara de pocos amigos, aunque uno que otro no aguantaba la risa cuando la banda les gritaba cosas. “¡Eh, centurión, invítame una chela!”, y el otro nomás apretando los dientes pa’ no romper personaje. Yo los veía y pensaba: “estos carnales están jugando a ser otros, pero igual siguen siendo del barrio… nomás que hoy les tocó ser los malos del cuento”.
Y mientras todo avanzaba, el sol caía duro, como si también quisiera participar en la tortura. Yo ya andaba medio mareado, no sé si por el calor o por la vibra tan rara, tan cargada. Porque te juro, había momentos en que todo se sentía bien real, como si el tiempo se doblara y no supieras si estabas en el presente o en otro rollo más antiguo, más pesado.
Llegando al cerro, la cosa se puso más intensa. La gente apretada, sudando, empujándose tantito, pero sin perder el hilo del asunto. Y yo ahí, colándome entre piernas, esquivando pisotones como profesional. Cuando clavaron al compa en la cruz, se hizo un silencio que hasta a mí me sacó de onda. Ni ladré, imagínate.
Ahí entendí algo, medio a mi modo, medio perruno: que este rollo no es solo teatro ni puro relajo de barrio. Es como un espejo raro donde la banda se mira, se acuerda de sus broncas, de sus culpas, de sus esperanzas. Y aunque todo tenga ese aire de verbena, de fiesta medio contradictoria, hay algo que se queda pegado, como pulga difícil de quitar.
Ya cuando todo acabó, la gente empezó a dispersarse, recogiendo sillas, comentando el evento, planeando la cena. Y yo, pues yo seguí mi camino, con la panza medio llena y la cabeza un poco más loca de lo normal.
Porque sí, carnal, uno será perro callejero, pero también siente. Y ese viacrucis… estuvo bien perrón.
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