Por Don Leandro Circunloquio y Ornamento
Oh fulgor engañoso que, con doradas mentiras, vistes de eternidad lo que apenas suspira en un instante; vana gloria que, cual humo soberbio, asciende presuntuosa para desvanecerse en el primer soplo del tiempo. ¿Qué deleite halláis, mortales, en esa pompa fugitiva que, siendo espejo, no refleja sino la ilusión de vuestra propia ceguedad?
Mirad cómo la belleza, altiva en su lozanía, se erige como reina de un reino sin raíces, coronada de aplausos que no son sino ecos huecos de un vacío compartido. Hoy resplandece en su cenit, y mañana, traicionada por la inclemencia de las horas, se marchita sin remedio, dejando tras de sí apenas la memoria de un fulgor que nunca fue sustancia. Así, la carne lozana se trueca en polvo, y el rostro celebrado se rinde, al fin, ante la justicia imparcial del tiempo.
Y no menos ilusorio es el oropel que, con brillo impostado, seduce las miradas incautas. ¡Cuán presto se engaña el juicio humano al confundir el resplandor con la riqueza, la apariencia con la esencia! Porque aquello que más reluce suele ser lo más vacío, y lo que en silencio permanece, ajeno al aplauso, guarda en sí la verdad más duradera. Mas, cegados por la codicia de parecer, los hombres y las mujeres persiguen con fervor aquello que, al poseerlo, se disuelve entre sus manos como agua esquiva.
¡Oh necia ambición, que trueca la sustancia por la sombra, y el ser por el parecer! ¿De qué sirve conquistar el mundo de las miradas, si en la soledad del espíritu no se posee sino un erial desolado? Mejor fuera, acaso, despreciar los halagos del instante y atender a la callada labor del alma, donde no hay engaño posible ni aplauso que corrompa.
Así, entre vanidades se consume la vida, como vela que arde para alimentar su propia extinción. Y en ese consumirse, muchos celebran la llama sin advertir que es su propia fugacidad la que en ella se revela. Porque al fin, todo oropel cae, toda belleza se apaga y toda gloria se disipa; quedando sólo, si acaso, la huella leve de lo que, siendo verdadero, no necesitó jamás del brillo para ser.
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