Por Rebeca Jiménez
El catorce de febrero amaneció con un cielo indeciso, de un azul pálido que parecía no comprometerse con nada. Mirna abrió los ojos antes que el despertador, como si su cuerpo supiera que ese día sería una prueba.
Desde la ventana de su departamento —tercer piso, vista a una avenida gris donde los puestos de flores comenzaban a desplegar su mercancía roja y exagerada— observó a un joven cargar un ramo enorme de rosas. La sola imagen le provocó una punzada en el estómago, una mezcla de burla y deseo.
—Ridículos —murmuró.
Pero no apartó la mirada.
Mirna tenía treinta y cinco años y una convicción secreta: merecía un amor absoluto. No uno cómodo, no uno razonable. Absoluto. Una devoción que la eligiera por encima de todo, que la deseara incluso en sus peores días, que adivinara su tristeza antes de que ella misma la reconociera. Había construido esa idea con la misma dedicación con la que otras mujeres construyen una carrera o una familia.
El problema era que el amor, cuando llegaba, nunca coincidía con su ideal.
Esa mañana revisó su teléfono con una mezcla de ansiedad y desdén. Un mensaje de Arturo, el hombre con quien salía desde hacía tres meses, la esperaba desde la medianoche: “Feliz día. Nos vemos en la noche, ¿sí?”
Mirna frunció el ceño. ¿Eso era todo? ¿Un mensaje breve, casi administrativo? Sintió cómo el enojo subía, tibio y familiar.
—Siempre igual —susurró, aunque sabía que Arturo no podía escucharla.
Arturo era atento, constante, paciente. Demasiado paciente, pensaba ella a veces, como si su serenidad fuera una forma de superioridad moral. Desde el inicio, Mirna se había encargado de señalarle sus fallas: que no era suficientemente expresivo, que no la buscaba con la intensidad necesaria, que parecía distraído cuando ella hablaba de su infancia. Lo acusaba de indiferente, de tibio, de no comprenderla.
En el fondo, había algo más difícil de admitir: el miedo de que, si no lo exigía todo, él descubriera que no había tanto que amar.
Mientras se maquillaba frente al espejo, pensó en las parejas que caminarían esa tarde tomadas de la mano. Las imaginó riendo en restaurantes llenos, intercambiando regalos, prometiéndose cosas que quizás nunca cumplirían. Las envidiaba con una furia silenciosa. No tanto por el hombre a su lado, sino por la sensación de ser elegidas.
Ella quería ser elegida. No una vez, sino todos los días.
Recordó a Daniel, el anterior. También lo había perdido entre reproches. “Nunca es suficiente contigo”, le dijo él una noche, cansado, antes de cerrar la puerta. Mirna lloró entonces, pero no por Daniel, sino por la sospecha que esas palabras dejaron vibrando en el aire.
¿Y si el problema no eran ellos?
Se negó a pensarlo demasiado. La idea la rozaba como una verdad incómoda, casi obscena.
A las siete de la tarde, Arturo llegó con un ramo más pequeño de lo que ella había imaginado. No eran rosas, sino tulipanes blancos. Mirna los miró como si evaluara una falta.
—Pensé que te gustaban estos —dijo él, inseguro.
—Sí, están bien —respondió ella, midiendo el tono para que la decepción se notara lo suficiente.
Cenaron en un restaurante discreto. Arturo habló de su trabajo, de planes a futuro. Mirna escuchaba a medias, concentrada en la mesa contigua donde una pareja se reía con una intimidad que le pareció ofensiva. Sintió la urgencia de señalar algo, cualquier cosa.
—A veces creo que no te esfuerzas —dijo de pronto, sin transición—. Que estás aquí por comodidad.
Arturo la miró, sorprendido.
—¿Por comodidad? Mirna, estoy aquí porque quiero estar contigo.
—No se nota.
El silencio que siguió fue denso. Mirna sintió una satisfacción amarga, como si hubiera recuperado el control. Sin embargo, bajo esa dureza comenzaba a abrirse una grieta.
Vio el cansancio en los ojos de Arturo. No era desprecio. Era agotamiento.
De regreso a casa, caminó sola. Habían discutido lo suficiente para arruinar la noche. Él se despidió con un beso rápido, casi formal.
Al cerrar la puerta de su departamento, Mirna dejó el ramo sobre la mesa y se sentó en el sillón. El silencio no tenía testigos. Allí, sin la mirada de nadie, la rabia perdió su brillo.
Se llevó las manos al rostro. Recordó a su madre diciendo, cuando ella era niña, que nadie se quedaba. Que los hombres eran pasajeros. Que había que exigirles antes de que se fueran.
Tal vez llevaba años exigiendo no amor, sino permanencia.
Y tal vez confundía el deseo con la posesión, la intensidad con el miedo.
Mirna miró los tulipanes blancos. No eran el gesto grandioso que había imaginado, pero tampoco eran una ofensa. Eran, simplemente, un intento.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió vergüenza. No la vergüenza teatral con la que manipulaba discusiones, sino una más íntima: la de reconocer que su obsesión por ser amada la llevaba a destruir lo que apenas comenzaba.
Se preguntó si aún estaba a tiempo.
No respondió de inmediato. Se quedó allí, observando las flores ajenas —porque siempre le parecían ajenas, incluso cuando eran para ella—, y comprendió que el amor no era una prueba que los otros debían aprobar, sino un riesgo que ella nunca se había permitido asumir sin armadura.
El catorce de febrero terminó como todos los días: con la ciudad apagando sus luces una por una. Pero en el departamento de Mirna, algo quedó encendido, incómodo y frágil: la sospecha de que el vacío que intentaba llenar con exigencias tenía su origen en un lugar más antiguo, más hondo.
Y que, si no se atrevía a mirarlo, ninguna flor —propia o ajena— sería suficiente.
Comentarios