Por El Perrochinelo
A ver, mi gente loca, banda chida y banda que nomás viene por el morbo: pónganse cómodos porque acá su perro místico–callejero Perrochinelo les va a ladrar una verdad bien mareadora sobre esta ciudad que no es ciudad, sino un ente viviente con mil tentáculos de concreto, una señora pachona que te abraza con smog tibiecito y te cachetea con la cruda realidad cada vez que te distraes. Porque la neta, la netota, la CDMX es más psicodélica que un ácido rebajado con Tonayán, y si no me creen, vénganse conmigo a dar el rol mientras me da un malviaje bonito entre museos, parques, explanadas, bailes y espectáculos callejeros, que nomás aquí pasan cosas que ningún chilango ve pero todos sienten.
Primero que nada, hay que aceptar que esta ciudad está bien loca. Sí, carnal, sí: tú vas caminando por Reforma y de repente te salen unas esculturas gigantes de una cabeza sin cuerpo o un cuerpo sin cabeza o un perro sin cola (éste no soy yo, pa’ que no empiecen de cizañosos). Luego sigues caminando y bolas, que te aparece un artista disfrazado de árbol que nomás está ahí parado, respirando, sintiendo que está haciendo performance, mientras tú lo ves y piensas: “Nel, este compa se echó un brownie muy aventado”. Pero ahí está, sobreviviendo como todos nosotros.
Yo, como perro callejero, me la paso durmiendo afuera de los museos, porque ahí se siente la vibra de la gente que piensa cosas raras. Imagínate: afuera del Museo Tamayo, pura banda que cree en el arte conceptual, que si les dices “oye carnal, ¿qué significa este cuadro lleno de puntos rojos?”, te responden: “es sobre la angustia colectiva del capitalismo tardío, hermano”. Ah chingá, yo nomás vi puntitos. Pero bueno, cada quién su desmadre. Y luego vámonos al Museo de Antropología, ese templo gigantesco donde me he echado varias siestas al fresco. Ahí siento que mis ancestros caninos, los xoloitzcuintles divinos, me dicen al oído: “Orale morro, sigue ladrando contra la injusticia cultural, no te rajes”. Y pues uno hace caso.
Pero la cultura no nomás está en los museos fifís, ¡ni madres! Está en la calle, donde todo mundo anda sudando la existencia. Ahí cerca del Metro Balderas, por ejemplo, me he topado a unos señores mayores bailando danzón como si el mundo no hubiera envejecido desde 1963. En la Alameda Central siempre hay un señor con ojos de poeta malcriado recitando versos mientras vende poesías fotocopiadas que huelen a humedad. En la explanada de cualquier alcaldía te encuentras eventos que prometen ser culturales pero terminan pareciendo karaoke del infierno: el sonido truena, las lucen fallan y los cantantes desafinan, pero la banda goza y eso es lo que importa, ¿o no?
Y qué tal las ferias “culturales” que se ponen en varias plazas, donde según venden artesanía pero tú ves los mismos diseños una y otra vez en todos los puestos, como si los artesanos fueran una fábrica secreta escondida debajo de la ciudad con duendes produciendo por mayoreo. Aún así, uno los aprecia: porque a veces una pulserita de 20 pesos te salva el día, te conecta con tu niño interior o te protege del mal de ojo, según la señora que te la vendió.
Ahora vámonos al lado oscuro del asunto: ese rincón gachito donde la cultura se vuelve postureo. Ay, Dios mío perruno, cuánto sufrimiento. Esas personas que van al museo nomás para tomarse la selfie con la obra más famosa pero no leen ni un párrafo del texto explicativo; esas que dicen “amo el arte urbano” pero le echan agua a los muralistas urbanos porque les ensucian su fachada; esos que van al concierto gratuito pa’ grabar todo con el celular y luego nunca ven los videos… Pero uno no juzga, uno nomás observa y reflexiona como buen perro filósofo con pulgas ilustradas.
La verdad es que en esta ciudad la cultura se te mete en el hocico aunque no quieras. Vas caminando por Tlatelolco y de repente te cae encima la memoria de 1968 como si te echara un balde de agua helada. Luego doblas la esquina y ya estás en la Plaza de las Tres Culturas, donde la historia vibra como cable pelado y tú dices “híjole, aquí duele ser mexicano”. Caminas pa’l Zócalo y ahí está otra vez la cultura, en forma de conciertos, tianguis, protestas, exposiciones, la bandera ondeando como si fuera la mamá de todos gritándote desde la ventana que ya entres a cenar.
Y hablando de mamás, los museos también son como señoras: unos son súper estrictos, otros son cálidos, otros te regañan con sus audioguías, otros te enseñan cosas que no pediste saber pero te abren el alma.
Pero yo les digo de corazón peludo, mi banda: la cultura que más amo es la que veo cuando la banda se expresa sin permiso. El grafitero que anduvo pintando en la madrugada porque la vida le pesa pero el arte lo salva. La señora que baila en la Alameda para olvidarse de los dolores del cuerpo. El chavito que hace freestyle en el Metro Chabacano con más poesía que muchos escritores premiados. El don que pinta mandalas en tarjetas y las vende a diez pesos pa’ juntar para su comida.
La cultura viva, la cultura chingona, esa que nadie aplaude pero todos sentimos.
Porque sí, esta ciudad tiene sus lados feos: eventos chafitas, exposiciones piratas, artistas inflados, cultura vendida como si fuera café de franquicia. Pero también tiene luz, magia, creatividad, locura buena, corazón. Esta ciudad, aunque esté bien rota, sigue siendo un mosaico hermoso donde todos cabemos, aunque sea parados, aunque sea apretados, aunque sea mordiendo el aire.
Y ya pa’ cerrar, les ladro esto: si la cultura chilanga fuera una droga, sería la más poderosa del mundo. Te pone feliz, te pone triste, te abre el alma, te quita la flojera mental, te despierta recuerdos, te hace preguntas, te obliga a mirar de frente la vida. Y yo, El Perrochinelo, perro astral y callejero, les digo: no le saquen. Muérdanle a la cultura. Mastíquenla. Lámansela. Métanla en su espíritu. Y dejen que esta ciudad, con todo y su caos, los haga un poquito más humanos. Porque si no, ¿pa’ qué chingados estamos vivos?
Comentarios