Por Félix Ayurnamat
La exposición Esto no es D.F. en la Centro Nacional de las Artes surge de una idea legítima y, en apariencia, necesaria: pensar la identidad latinoamericana desde las tensiones que provoca la Ciudad de México como centro simbólico, económico y cultural. La exhibición, organizada por el colectivo Hooogar a partir de una convocatoria abierta, intenta construir un mapa afectivo de aquello que compartimos como habitantes de una región marcada por la precariedad, la migración, la saturación visual y la necesidad constante de reinventar nuestras formas de habitar.
El problema de la exposición no está en esa intención. El problema es cuando el discurso curatorial nos promete una reflexión sobre la experiencia contemporánea latinoamericana y lo que termina presentando es una acumulación desigual de ocurrencias visuales, ejercicios apenas esbozados y piezas que parecen buscar más la simpatía inmediata que en un verdadero desarrollo plástico o conceptual.
![]() |
| Fuente: CENART |
Hay varias contradicciones en la exposición. Desde, el texto curatorial que habla de resistencia, identidad y otredad; y nos presenta muchas obras parecen atrapadas en la lógica veloz de la imagen digital contemporánea: piezas concebidas para producir una reacción instantánea, una ironía ligera o una complicidad estética inmediata. La exposición termina funcionando, en muchos momentos, como un enorme muro de referencias dispersas donde la estética naïf deja de ser una decisión crítica para convertirse en refugio. Y cuando el gesto infantilizado se vuelve norma, lo espontáneo pierde fuerza y termina pareciéndose demasiado a la improvisación.
No se trata de exigirles virtuosismo académico ni solemnidad. El arte contemporáneo ya demostró hace décadas que una obra no necesita ser técnicamente perfecta para ser significativa. Tampoco toda pieza debe aspirar a la complejidad teórica para conmover. Lo que verdaderamente importa es que exista una necesidad detrás de la forma; que la obra sostenga su propia existencia más allá del chiste privado, la referencia irónica o la ocurrencia visual. Este es el principal problema.
Entre las decenas de piezas aparecen algunas obras donde sí se percibe un tiempo de conceptualización, de toma de riesgo plásticos y de elaboración. Obras donde todavía hay una preocupación genuina por construir lenguaje, por empujar la imagen más allá del comentario rápido. Pero precisamente por eso resultan todavía más visibles las carencias del conjunto. Las piezas sólidas quedan ahogadas entre las que se van por las primeras intenciones, imitaciones de fórmulas ya agotadas y ejercicios que parecen confundir precariedad con autenticidad.
![]() |
| Fuente: CENART |
El problema, entonces, no son los ejercicios plásticos en sí mismos. Toda escena artística necesita espacios donde el ensayo, el error y la búsqueda puedan existir. El problema es cuando la curaduría renuncia a su responsabilidad crítica y decide presentar esa acumulación heterogénea como si toda producción tuviera el mismo peso simbólico y la misma potencia estética. Ahí es donde la exposición empieza a revelar algo más incómodo: cierta incapacidad institucional para distinguir entre proceso artístico y obra terminada.
o quiero creer que el arte contemporáneo joven en latinoamerica ha terminado atrapado en una especie de economía emocional de la simpatía, donde basta con ser irónico, informal o aparentemente vulnerable para que la pieza sea legitimada. Hay una diferencia enorme entre lo cotidiano transformado por la mirada artística y lo cotidiano simplemente exhibido. Esa diferencia es, justamente, el trabajo sensible del arte.
Quizá lo más interesante de Esto no es D.F. no sean las obras, sino en aquello que involuntariamente evidencia: el estado actual de cierta producción emergente y el modo en que algunas instituciones culturales parecen haber sustituido la exigencia crítica por la celebración automática de cualquier gesto revestido de contemporaneidad. El riesgo de eso no es estético únicamente; también es humano. Porque cuando todo se valida bajo la idea de inclusión o apertura, desaparece la posibilidad de confrontar verdaderamente una obra y de permitirle crecer desde la tensión y la autocrítica.
La exposición me dejo una sensación extraña. Ver sus piezas me permite reconocer algo del momento que vivimos: una época saturada de imágenes, de ansiedad por producir, de miedo al silencio y de dificultad para sostener procesos largos. En ese sentido, la muestra sí retrata algo profundamente humano y contemporáneo, aunque probablemente no de la forma en que pretendía hacerlo. Retrata una generación que busca hablar mientras el ruido alrededor apenas le permite escucharse a sí misma.
Martes a domingo, 10:00 a 17:00 h
Entrada libre | Todo público
Galería Central del CENART



Comentarios