| Comedian (2019) Mauricio Cattelan Fuente: Wikipedia |
Por Félix Ayurnamat
La primera vez que vi la fotografía de Comedian, la "famosa" pieza de Maurizio Cattelan, pensé que era una broma de internet. Un plátano pegado a la pared con cinta gris. Nada más. Después vinieron las noticias, los memes, las discusiones interminables sobre el mercado del arte y las personas indignadas preguntándose cómo era posible que algo así valiera tanto dinero. Durante semanas parecía imposible escapar del tema. El plátano estaba en todas partes.
Lo que hice fue separar todo ese ruido de la obra misma. Es decir, olvidarme por un momento de los titulares, de las subastas y de las redes sociales, para preguntarme algo más sencillo: ¿qué queda cuando uno se enfrenta únicamente a la pieza?
Y la verdad es que no encuentro demasiado.
Visualmente la experiencia es bastante limitada. Hay una diferencia entre la simplicidad y la pobreza formal. He visto obras extremadamente sencillas que logran atraparme durante varios minutos porque existe una tensión en los materiales, una relación inesperada con el espacio o una sensibilidad particular hacia la luz. Aquí no me ocurre eso. Veo un plátano pegado a una pared. Lo entiendo en cuestión de segundos. Sonrío un poco. Tal vez me cause gracia la ocurrencia. Pero después de ese momento inicial siento que la experiencia se agota rápidamente.
He visitado exposiciones en espacios independientes de la Ciudad de México donde artistas trabajaban con materiales mucho más modestos: tabiques, bolsas de plástico, láminas oxidadas, objetos encontrados en mercados de segunda mano. Materiales sencillos, sí, pero utilizados para construir relaciones visuales complejas o para hablar de contextos específicos. En algunos casos me quedé observando una pieza durante varios minutos porque aparecían nuevas conexiones. Con Comedian no me sucede algo parecido. Más bien siento que la obra me entrega todo su contenido de inmediato.
Lo que más me genera dudas es que su potencia parece depender casi por completo de la historia que la rodea. Cuando pienso en ella, inevitablemente termino pensando en las noticias sobre ella, en las cifras astronómicas del mercado, en las fotografías de visitantes tomándose selfies. Me pregunto si la obra podría sostener el mismo interés sin todo ese aparato mediático detrás. Honestamente, creo que no.
Algunos de sus defensores argumentan que precisamente ahí reside su fuerza crítica, que exhibe las contradicciones del sistema artístico y del mercado. Puede ser. Pero incluso aceptando esa lectura, sigo sintiendo que el gesto llega tarde. Desde hace más de un siglo el arte conceptual viene cuestionando la relación entre objeto, valor e institución. Cuando uno piensa en Fountain de Marcel Duchamp, encuentra una ruptura que modificó profundamente la manera de entender el arte. En cambio, el plátano de Cattelan parece reutilizar una fórmula conocida sin empujarla realmente hacia un territorio nuevo.
Me llama la atención que la pieza apenas explora las posibilidades simbólicas del propio objeto. El plátano podría abrir discusiones sobre agricultura, comercio global, explotación laboral, colonialismo o consumo. Sin embargo, la obra parece detenerse antes de profundizar en cualquiera de esos caminos. Funciona más como un detonador instantáneo que como una investigación desarrollada.
Me recuerda a ciertas dinámicas de las redes sociales. Uno ve la imagen, reacciona, si bien le va uno comparte una opinión y sigue avanzando. La experiencia está diseñada para ser inmediata. No exige demasiado tiempo ni demasiada atención. Y no estoy convencido de que la velocidad sea necesariamente una virtud estética.
En la ciudad de México es común encontrar objetos pegados con cinta en mercados, puestos ambulantes o talleres mecánicos. Carteles improvisados, herramientas sujetas temporalmente, soluciones prácticas que aparecen en la vida diaria. Esas imágenes forman parte de nuestro paisaje visual. La diferencia es que en esos contextos existe una necesidad concreta. En Comedian, en cambio, la operación parece depender exclusivamente de que reconozcamos la incongruencia.
Por eso la obra me deja una sensación ambigua. No me molesta que utilice humor. Tampoco me molesta que sea conceptual. De hecho, disfruto mucho el arte que trabaja desde esos espacios. Lo que me cuesta encontrar aquí es una segunda capa de experiencia. Algo que permanezca después de la sonrisa inicial.
Las obras que más me interesan suelen cambiar conforme vuelvo a ellas. Revelan detalles nuevos, contradicen mis primeras impresiones o me obligan a reconsiderar algo que creía entender. Con Comedian siento lo contrario. La primera impresión es prácticamente la última. Después de la ocurrencia, después de la fotografía y después del meme, me queda la sensación de que hay muy poco más por descubrir.
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