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"Adrianda Abandonada", Escultura de Fidencio Lucano Naya, 1898, en Mexico D. F. © Ralf Roletschek
Por Félix Ayurnamat
Fidencio Lucano Nava, nace en Xalapa, Veracruz, hacia 1869 y su vida transcurre entre la formación académica, los viajes a Europa y el regreso a México con una manera propia de entender la escultura que, desde mi punto de vista, dialoga con su tiempo y con nosotros hoy.
Su formación inicia formalmente en la Academia de San Carlos, en 1890, lo que fue su primer encuentro profundo con la tradición escultórica académica, los cánones clásicos y la disciplina del modelado. Ese aprendizaje estructurado fue fundamental para que más tarde pudiera buscar su propio lenguaje.
Lo que a mí me parece más interesante de su trayectoria no es solo su formación institucional, sino el momento clave en el que, gracias a una beca del gobierno de Díaz, viaja a París a finales del siglo XIX. Allí, como muchos artistas mexicanos de la época, entra en contacto con las tendencias modernistas europeas, particularmente con la obra de escultores como Auguste Rodin y Aristide Maillol. Esa experiencia parisina, esa inmersión en un contexto artístico distinto, tendrá influencia en su trabajo y en su forma de entender la escultura como discurso y presencia.
Si me pongo a pensar en su obra, hay dos piezas que siempre tengo presentes: Après l’orgie (que en español suele leerse como Después de la orgía) y Ariadna abandonada. La primera está en el vestíbulo del Museo Nacional de Arte en la Ciudad de México, y la segunda puede verse también cerca de la Alameda Central.
Après l’orgie es para mí ua reflexión, sin palabras, nos sitúa frente a un cuerpo que parece suspendido entre la tensión y el abandono. No es un desnudo en el sentido académico más frío, sino una figura que se percibe como restituida de la piedra, que aún conserva la memoria de su lucha con el material. El contraste entre superficies lisas y otras más rugosas nos recuerda que la piedra, en manos del escultor, no es solo materia sino lenguaje: cuánta historia cabe en un brazo, en un torso, cómo las sombras y la luz pueden transformar la percepción de volumen y espacio.
En Ariadna abandonada hay otra idea. Aquí Fidencio mira la figura mitológica desde un ángulo de introspección y presencia. La leyenda de Ariadna, que después de ayudar a Teseo a salir del laberinto, es abandonada por él. Se convierte en una metáfora de abandono y de presencia suspendida. La escultura, en su ubicación pública, cambia con la ciudad. Quizá un transeúnte la ve de paso y siente su quietud. Otro se detiene y encuentra un gesto que lo conmueve. ¿No es, al final, parte de lo que uno busca cuando mira una obra: ese instante de conexión personal?
Creo que la obra de Fidencio Lucano Nava abre puertas para pensar no solo en la forma sino en la percepción social de la escultura. Sus piezas se ubican en espacios públicos o institucionales, y ahí van tejiendo una memoria colectiva. Cuando vemos una figura como Después de la orgía al entrar a un museo, algo sucede con nuestra forma de mirar: no solo vemos una forma bella, sino una presencia que nos hable de experiencias humanas complejas, de tensiones, de quietud después de la tormenta.
Ésa es una lección que, como artista, siempre llevo conmigo: la obra no es solo un objeto, es una conversación. Cada obra de Lucano Nava pone delante del espectador la pregunta sobre qué entendemos por cuerpo, por tiempo, por historia, por representación.
Además de estas piezas, su historia me pone a pensar en las redes artísticas de su tiempo: Fidencio coincidió en París con otros escultores mexicanos como Arnulfo Domínguez Bello y Enrique Guerra, quienes también regresaron a México con las influencias europeas y las integraron de maneras propias. Esta comunidad de escultores, formados entre la Academia y los talleres de París, fue un puente entre las tradiciones clásicas y las nuevas estéticas que recorrían Europa.
Cuando volvió a México en 1910, además de su trabajo escultórico, impartió clases de modelado. Me parece un detalle que hay que subrayar: la pedagogía es parte del legado artístico. Enseñar no solo transmite técnica, también transmite preguntas, reflexiones, formas de mirar. Es decir, sus esculturas y sus enseñanzas dialogan con quienes las acompañaron y con quienes vendrían después.
Personalmente, me gusta ver su trayectoria como una travesía entre mundos: el de la tradición académica mexicana, el del encuentro con el modernismo europeo, y el de la construcción de una voz propia. Yo considero que cada una de sus esculturas plantea un espacio para el pensamiento. Me atrevo a compararlo con otros procesos escultóricos de su época, como los de Jesús F. Contreras, que también exploró tensionar lo clásico y lo moderno, aunque desde una sensibilidad distinta, más expresionista.
¿Cómo queremos que el arte público siga siendo parte de nuestra memoria, de nuestra conversación cotidiana? ¿Qué experiencias y qué historias debemos rescatar, recordar o reinventar cuando miramos una escultura como Ariadna abandonada en medio de la ciudad? Para mí, explorar la obra de Fidencio Lucano Nava es volver a hacer estas preguntas, una y otra vez, porque cada mirada trae algo nuevo al encuentro con la piedra y el bronce.
La escultura de Lucano Nava no es solo arte para admirar, también es puente para pensar quiénes somos y cómo nos vemos representados en esos cuerpos que parecen hablar desde otra época, pero que siguen vivos en nuestros espacios.
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