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LA CRÓNICA DEL DÍA. El inicio del año.

Querido Félix:

Otra vez enero. Otra vez el inicio simbólico del año, ese ritual colectivo donde la gente se desea cosas que no va a cumplir y promete versiones mejoradas de sí misma que no existen ni existiran. Yo observo todo esto con la misma fascinación con la que uno mira a alguien intentar bajar de peso comiendo rosca de Reyes “solo este pedacito”. La fe humana es conmovedora. Y profundamente inútil.

El año empieza con abrazos incómodos, mensajes copiados y pegados, y frases como “ahora sí, este año va a ser diferente”. Diferente ¿cómo? ¿Con menos tráfico? No. ¿Menos contaminación? Tampoco. ¿Compañeros de trabajo nuevos y agradables? Mucho menos. Todo sigue igual, Félix. El mismo caos con calendario nuevo. La ciudad sigue oliendo a prisa y frustración, el transporte público sigue siendo una prueba de resistencia psicológica, y la oficina… bueno, la oficina sigue siendo la oficina: un ecosistema cerrado donde prosperan el chisme, la incompetencia y la falsa motivación.

Eso sí, hay algo nuevo cada año: los achaques. Esos sí llegan puntuales, sin promesas ni discursos motivacionales. Nadie te avisa, nadie te prepara. De pronto despiertas con un dolor misterioso en una parte del cuerpo que desconocías por completo. No sabías que eso existía, y ahora duele. Duele al respirar, al sentarte, al girar la cabeza. El cuerpo es creativo cuando se trata de traicionarte.

Enero no trae renovación, Félix, trae inventario. Te das cuenta de que ya no puedes dormir en cualquier posición, que ahora necesitas estirarte como si fueras una señora a punto de hacer yoga terapéutico, y que el frío ya no es solo incómodo: es una agresión personal. Cada año descubro una molestia nueva, una vértebra con opiniones propias, un músculo que decidió independizarse y protestar sin previo aviso.

Mientras tanto, el mundo insiste en fingir optimismo. Los gimnasios están llenos, los refrigeradores llenos de culpa y los grupos de WhatsApp llenos de entusiasmo artificial. Dura poco. Para la tercera semana de enero, ya todos están cansados, endeudados y emocionalmente derrotados, como siempre. La diferencia es que ahora lo aceptan con leggings nuevos y una app de ejercicios que no volverán a abrir.

Yo no hago propósitos, Félix. No porque sea nihilista, que lo soy, sino porque ya me conozco. No voy a ser más sociable, ni más productiva, ni más “positiva”. Bastante esfuerzo me costó llegar a este estado zen de indiferencia funcional. ¿Para qué retroceder? El año nuevo no me inspira a cambiar, me confirma que sobreviví otro ciclo sin perder completamente la cordura, lo cual ya es un logro.

Además, me molesta esa idea de que el 1 de enero borra todo. Como si el cansancio, el hartazgo y la misantropía se reiniciaran con el reloj. No. Todo se acumula. El cuerpo lo sabe. La espalda lo recuerda. La mente guarda archivo. El calendario cambia, pero uno sigue cargando lo mismo, solo con menos paciencia y más analgésicos.

Así que aquí estoy, Félix. Empezando el año como terminé el anterior: esquivando gente, cumpliendo lo justo, observando a la humanidad con distancia clínica y aprendiendo a convivir con mis nuevas molestias físicas, a las que pronto tendré que ponerles nombre. Todo nuevo, todo igual. Menos yo. Yo ya no espero nada del año. Y curiosamente, eso me da paz.

Te escribo esto mientras el tráfico avanza a paso de funeral y alguien a mi lado escucha música sin audífonos, confirmando que el universo no piensa mejorar. Pero mira el lado bueno: si todo sigue igual, al menos sabemos a qué atenernos. Y si algo cambia, probablemente será para doler un poco más.

Con cariño resignado y una pomada antiinflamatoria en el bolso,

Tu amiga antisocial que ya entendió que el verdadero propósito de año nuevo es llegar viva a diciembre.

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