Por el Perrochinelo
HISTORIAS PERDIDAS
La noche de Reyes en la colonia no se parece a las imágenes cursis que pasan en la tele. Aquí huele a rosca de panadería de barrio, a chocolate recalentado y a calle mojada porque alguien aventó cubetazos para bajar el polvo. Los cables de luz cuelgan como telarañas cansadas y los perros callejeros andan más inquietos que de costumbre, como si también supieran que algo raro va a pasar.
Don Beto jura que los Reyes sí existen. No como los pintan, bien limpiecitos y con coronas doradas, sino más bien con ropas comunes, con tenis polvosos y la espalda doblada de tanto cargar ilusiones ajenas. Don Beto es velador de una bodega, de esos que se saben todas las sombras de la cuadra y que a las tres de la mañana siguen despiertos a puro café soluble y cigarros sueltos.
—No me salgas con eso güey —le dice el Chucho, el de la miscelánea—, eso de los Reyes es puro cuento pa’ que los chamacos no anden chingando.
—Puro cuento será pa’ ti —le contesta Don Beto—, pero mira nomás cómo se les iluminan los ojitos a los escuincles. Eso no lo inventa cualquiera.
Esa 5 de enero por la noche, los morritos dejaron sus zapatos todos disparejos junto al nacimiento. Unos bien madreados, con hoyos en la suela; otros más nuevos, heredados de la hermana grande. Ahí estaba el de la Lupita, que pidió una muñeca “que hable y coma”, aunque sabe perfectamente que lo más seguro es que le toque una de esas que nomás parpadean. El Kevin pidió un balón “del bueno, no de esos que se desinflan luego luego”. Y el más chiquito, el Toñito, ni pidió nada; nomás dejó una cartita con garabatos y un dibujo todo chueco de tres monos con barba.
—¿Y si no llegan? —preguntó la Lupita, mordiéndose la uña.
—Llegan —dijo su jefa, mientras partía la rosca—. Siempre llegan… aunque sea de madrugada.
En secreto, el grupo de reyes se organiza. No hay lana, pero hay ganas. Melchor consiguió unos carritos en el tianguis; Gaspar le rasco a su sueldo y puso para los dulces; Baltazar sacó un par de peluches que tenía guardados “pa’ una emergencia”. Nadie lo dice en voz alta, pero todos saben que eso también es ser Rey Mago: ponerse de acuerdo, hacer vaquita, creer tantito.
A las dos de la mañana, Don Beto se echa su ronda. Camina despacio, con la linterna temblándole en la mano. En el cielo, apenas se ven estrellas, pero él jura que una se mueve más lento, como esperando. Se ríe solo.
—Ándale pues —murmura—, no se me hagan güeyes.
Y entonces pasa algo raro. No espectacular, no de película. Nomás un silencio distinto. Los perros dejan de ladrar. El viento se calma. Don Beto siente un cosquilleo en el pecho, como cuando era niño y se despertaba antes que todos para ver si ya había regalos.
Al amanecer, los gritos despiertan a la colonia.
—¡Sí llegaron!
—¡Mira, mamá, sí me trajeron algo!
—¡No manches, sí es del bueno!
Los chamacos corren con los juguetes en la mano, aunque sean sencillos, aunque uno ya venga medio usado. No importa. Lo importante es la cara, esa mezcla de sorpresa y fe que dura poquito, pero alcanza pa’ todo el año.
Don Beto los mira desde la banqueta, con su café humeante. Chucho, el de la miscelánea, se le acerca rascándose la panza.
—Bueno… chance y sí existen —dice, medio en serio.
—No chance —responde Don Beto—. Existen porque alguien se los imagina. Y mientras haya quien se los imagine, estos barrios no se nos caen del todo.
El sol sube lento sobre los techos de la colonia. Esta sigue siendo la misma: jodida, ruidosa, necia. Pero por un ratito, nomás por un ratito, brilla. Y eso, en esta ciudad, ya es magia suficiente.
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