Por TPS
Había una vez una adolescente convencida de que el éxito no se estudiaba ni se trabajaba: se exhibía. Su mayor ilusión era convertirse en novia buchona, ese puesto honorífico que no requiere talento, pensamiento ni futuro, solo resistencia al tacón y silencio estratégico.
Para ella, el narcoestilo no era violencia ni descomposición social, sino aesthetic. Las camionetas blindadas no aplastaban comunidades: combinaban perfecto con uñas acrílicas. Los balazos no mataban: daban contexto. El dinero no tenía origen: simplemente aparecía, como milagro, siempre que fuera el suficiente.
En su mundo, la pobreza era una falla de diseño y el trabajo una humillación innecesaria. La escuela le parecía un lugar lleno de gente mal vestida que insistía en aprender cosas inútiles como historia, ética o matemáticas, cuando bastaba con aprender a posar, callar y sonreír.
Finalmente logró su sueño. No un príncipe, sino un proveedor. No un compañero, sino un dueño. Él le dio todo lo que pedía: ropa, cirugías, viajes, miedo. A cambio, ella entregó lo único que no sabía que tenía: la posibilidad de ser algo más.
Con el tiempo, el lujo dejó de ser novedad y se volvió rutina. El encierro se disfrazó de seguridad. El silencio se llamó lealtad. Y cuando el brillo comenzó a apagarse, como siempre pasa, descubrió que el narcoestilo no construye futuro: solo posterga el derrumbe.
El proveedor cayó, como caen todos.
Ella quedó, sin estudios, sin oficio, sin historia propia.
Moraleja:
Cuando una sociedad convierte la violencia en aspiración y el lujo sin origen en meta, no forma reinas: fabrica adornos desechables.
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