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En Corea, el calor también cura. Del 온돌 ancestral a los 찜질방 modernos, el sudor es medicina del cuerpo y de la comunidad.


Por Ana Laura Alva Pulido

En la península coreana, el calor no es sólo una sensación climática ni una metáfora poética: es una práctica corporal, social y espiritual milenaria. Desde que nuestros ancestros inventaron la forma de “hacer que la tierra caliente la piel” hasta la cultura contemporánea de baños y saunas, en Corea se cree que sudar cura, conecta y renueva.

El origen del calor doméstico: 온돌, el corazón de la casa

El inicio de esta relación con el calor comienza bajo nuestros pies. 온돌 (ondol) —término que literalmente significa “piedra caliente” o “calor bajo el suelo”— es el sistema de calefacción tradicional coreano cuya invención se remonta a épocas prehistóricas y cuya presencia ya aparece en sitios arqueológicos de la Edad de Piedra alrededor del 5000 a. C.

En las casas tradicionales, el fuego no solo cocinaba arroz: atravesaba canales bajo el piso y calentaba toda la habitación. Así, la vida cotidiana —sentarse, comer y dormir en el suelo— se convertía en una experiencia cálida, comunitaria y sanitaria. Con el tiempo, el ondol dejó de ser sólo sistema arquitectónico para convertirse en símbolo de bienestar físico y emocional: calor que protege, conforta y, simbólicamente, cura las tensiones del cuerpo y del alma.

Calor con propósito: El sudor como medicina cultural

Pero en Corea no se queda en la casa. El concepto de calor curativo se proyecta hacia rituales más abiertos: baños públicos, saunas y espacios de sudoración colectiva. En los textos históricos de la dinastía Joseon (siglo XV) aparecen registros de 한증막 (hanjeungmak) —saunas tradicionales del tipo “cuarto caliente”— utilizadas con fines medicinales, auspiciadas incluso por templos budistas, donde se promovía la eliminación de toxinas mediante la sudoración.

Aquí la idea no era sólo higiene: el calor era un vínculo entre lo físico y lo espiritual, una forma de purificación que se extendía desde el cuerpo hasta la mente. Las grandes comunidades locales compartían este espacio, y, más que hábitos de salud, estas prácticas construían redes sociales y sentido de pertenencia.

Del hanjeungmak al jjimjilbang: la evolución del sudor

En las últimas décadas, esa tradición ancestral se ha transformado en un fenómeno cultural urbano: los 찜질방 (jjimjilbang). Aunque la palabra en sídata de tiempos recientes y se popularizó en los años 90, el concepto surge de la fusión del antiguo hanjeungmak con prácticas modernas de bienestar y ocio.

Los jjimjilbang son espacios gigantescos abiertos las 24hr del día, donde el calor es protagonista y maestro. No son simples saunas: allí se suda, se come, se duerme y se

comparte. En sus distintos cuartos de calor —con arcilla, sal del Himalaya, carbón o cerámica— la gente cree que mejora la circulación, libera tensiones y detoxifica el cuerpo.

Lejos de ser una práctica solitaria, estos espacios disuelven jerarquías y fomentan la convivencia intergeneracional. En los pisos calentados por ondol, abuelos, jóvenes y niños a menudo descansan juntos, compartiendo snacks médicos tradicionales como el sikhye o los huevos asados mientras conversan o duermen juntos.

Mitos y realidades alrededor del calor coreano

Como toda tradición rica en simbolismo, la cultura del calor ha generado creencias populares: hay quienes aseguran que ciertos cuartos pueden rejuvenecer la piel, ayudar en la pérdida de peso o incluso traer fortuna. Aunque estas ideas no siempre tienen respaldo científico, reflejan una filosofía de salud integral que mezcla cuerpo, mente y entorno.

Hoy en día, investigadores y turistas describen el jjimjilbang como un espacio donde el sudor físico puede acompañar un sudor social: un lugar donde se comparten historias, amistades y silencios, donde el calor cura el cansancio y la soledad. El sudor, en este sentido, no solo limpia la piel: visibiliza el esfuerzo, la comunidad y el descanso profundo.

Calor que mira hacia el futuro

El relato coreano del calor va más allá de su utilidad práctica. Desde el ondol que calienta la tierra de una casa hasta los salones ardientes de un jjimjilbang, el calor modela la vida corporal y social. En una sociedad donde el ritmo de trabajo es alto y la conexión humana a veces se diluye, estos espacios representan una pausa necesaria: un retorno a la corporalidad, al tacto, al encuentro y a la sanación compartida.

Porque en Corea, el calor no solo se siente: se vive, se comparte y, sobre todo, se cree que cura.

Si quieres, puedo acompañar este artículo con elementos visuales o un guion para un video para tu canal, integrando imágenes e historias personales para reforzar la narrativa.



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