Por Ana Laura Alva Pulido
En el corazón de Ciudad Universitaria —ese territorio simbólico donde México ensaya su futuro— se levanta la Facultad de Química. Desde lejos, el edificio parece sólido, funcional, casi impasible. Pero basta recorrer sus pasillos para entender que ahí, como en todo organismo vivo, el desgaste no siempre se ve: se huele, se escucha, se presiente.
El olor a pino húmedo se mezcla con el combustible de los autobuses y con un rastro persistente de acetona que parece haberse quedado atrapado en las paredes. Las vitrinas exhiben matraces, pipetas, buretas: instrumentos que han pasado de generación en generación como una herencia silenciosa. En los pizarrones aún sobreviven ecuaciones incompletas, restos de una explicación interrumpida, huellas de un aprendizaje suspendido.
Durante décadas, la Facultad de Química fue un laboratorio vivo. Un espacio donde el tiempo se medía en reacciones, donde la paciencia se calienta a baño María y donde el error no es una metáfora, sino una posibilidad tangible. En Química, equivocarse nunca fue una abstracción: podía costar una calificación, una quemadura o algo peor.
Pero algo se fracturó.
En los últimos años —y con especial crudeza en 2025— los pasillos comenzaron a apagarse, las puertas a cerrarse con candados improvisados, los laboratorios a enmudecer. El chisporroteo de los mecheros fue sustituido por un silencio espeso, inquietante. La Facultad de Química entró en una serie de paros, cierres temporales y suspensiones que marcaron a su comunidad de forma irreversible.
Lo que ocurrió ahí no fue un hecho aislado. Fue un síntoma. Y como todo síntoma, remite a una enfermedad crónica degenerativa: el desgaste estructural de una universidad que carga sobre sí la memoria, las expectativas y las tensiones de un país entero.

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