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| Ascenso. Félix Ayurnamat. 2024 |
Por Felix Ayurnamat
Cumbre
Las botas cortan el polvo del sendero,
un río de cenizas que arde en los pies.
Cada paso, un susurro en la garganta
del volcán que calla su furia antigua.
El aire pesa como un himno roto,
y el deseo de rendirse
es un coro íntimo que raspa la nuca.
La roca, tallada por siglos de fuego,
habla en su idioma de grietas y ecos,
y cada aliento,
una plegaria para el oxígeno,
un pacto con la altura,
una renuncia al peso.
Arriba, donde el silencio es monarca,
la montaña abre sus brazos:
un cráter que observa
con ojos huecos al mundo.
El cielo toca los párpados,
azul infinito que canta su vacío.
Y ahí, en la cima,
la voluntad se desnuda.
No hay premio, solo el vértigo
de saberse nada frente al todo.
Las nubes acarician
la frente sudada,
un manto que da sentido
a cada tropiezo,
a cada pensamiento de claudicar.
La vista se despliega,
un lienzo de verdes y ocres
dibujados por manos invisibles.
Y el alma, en su contemplación,
se eleva más alto que el volcán mismo.
En la cumbre, no se conquista la roca,
se conquista el abismo propio,
y la tierra respira con nosotros,
un recordatorio
de que seguimos vivos.

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