![]() |
| El beso. FA. 2019 |
Queridísimo Félix:
Ha llegado esa fecha del calendario corporativo que confirma que la oficina no es un lugar de trabajo, sino un experimento social mal supervisado: el 14 de febrero. Ese día en que Recursos Humanos finge que fomenta la “convivencia” y lo que realmente hace es destapar la Sodoma y Gomorra godín versión escritorio compartido.
Porque si algo he aprendido en mis años de observar en silencio (como buena antropóloga antisocial), es que los romances clandestinos de oficina no nacen: se incuban. Empiezan con miraditas estratégicas en la máquina de café, con “¿me ayudas con este archivo?” susurrado con demasiada intención, con juntas innecesarias que curiosamente siempre requieren puerta cerrada. Yo no juzgo… bueno, sí juzgo, pero con discreción profesional.
El problema no son las bajas pasiones, Félix. El problema es la logística. Porque cuando el amor florece entre cubículos, florece también el chisme. Y el chisme en oficina se reproduce más rápido que bacteria en tupper olvidado. Todo el mundo sabe. Absolutamente todos. Menos ellos, que creen que su historia es un secreto tan bien guardado como los incrementos salariales.
Y llega el 14 de febrero y todo explota en un carnaval de mal gusto.
Globos rojos en forma de corazón invadiendo los pasillos como si el edificio hubiera sido tomado por una papelería emocional. Peluches gigantes que bloquean salidas de emergencia. Ramos de flores que huelen a desesperación con toque de clavel. Y los perfumes, Félix… los perfumes. Ese día la oficina huele a mezcla letal de loción dulce, ansiedad y feromonas mal administradas. Hay fragancias que no seducen, atacan.
No sé qué es peor: que se dejen llevar por sus impulsos hormonales o por su pésimo criterio estético. Porque una cosa es tener un romance clandestino y otra muy distinta es hacerlo vistiendo camisa satinada color vino con brillo incorporado. He visto combinaciones de ropa que deberían considerarse delito administrativo. Si van a pecar, al menos que coordinen colores.
Y luego están los regalos. Ay, los regalos. Tazas con frases como “Eres mi razón de sonreír” entregadas con solemnidad en plena jornada laboral. Cajas de chocolates que terminarán derretidas en un cajón. Cartas impresas en Comic Sans —porque el amor, al parecer, también tiene mal gusto tipográfico—. Todo frente a compañeros que fingimos concentración mientras absorbemos cada detalle como si fuera episodio en vivo de una telenovela barata.
Lo verdaderamente incómodo no es el romance. Es la intensidad. Porque algunos creen que están protagonizando una película y olvidan que están en contabilidad. Se toman de la mano en la copiadora. Se hablan en diminutivos. Se ríen con complicidad sospechosa mientras el resto tratamos de cerrar el trimestre sin crisis nerviosa.
Y cuando la relación inevitablemente fracasa —porque las estadísticas emocionales no mienten—, la oficina se convierte en campo minado. Ya no se sientan juntos. Ya no hay café compartido. Ahora hay miradas asesinas, silencios densos y un ambiente tan tenso que ni el aire acondicionado lo enfría. Y ahí estamos todos, rehenes del drama, intentando terminar pendientes mientras presenciamos la caída del imperio romántico número tres del año.
Yo, por supuesto, observo desde mi esquina con mi café negro y mi estabilidad emocional intacta. Nadie me manda flores. Nadie me dedica canciones. Y francamente, qué descanso. Prefiero mil veces mi reputación de mujer distante que convertirme en capítulo especial de “Amor en Tiempos de Excel”.
Porque el 14 de febrero en la oficina no celebra el amor, Félix. Celebra la imprudencia, el mal gusto y la falta de autocontrol con presupuesto limitado.
Y mientras ellos viven su revolución hormonal entre cubículos, yo sigo fiel a mi romance más estable: el que tengo con mi paz mental y mi capacidad de no involucrarme.
Con afecto sarcástico y cero globos de corazón,
Tu amiga que prefiere los chocolates en descuento del 15 de febrero.
Rebeca Jiménez

Comentarios