Por El Perrochinelo
Al Richard le dicen así nomás porque un día, hace como quince años, regresó del gabacho con una chamarra pirata que decía “Richards” y desde entonces se le quedó el apodo. Trabaja de velador en la colonia Pensil, se queda a dormir en un cuartito chiquito donde el boiler suena como si estuviera a punto de explotar y la vecina de a lado barre a las seis de la mañana como si odiara al mundo.
El Richard no es guapo, pero tiene verbo. Y en esta ciudad el verbo lo es todo.
El problema empezó el 14 de febrero a las seis con doce de la mañana, cuando su celular empezó a vibrar como si estuviera poseído.
“Buenos días, mi amor”, mensaje de la Yesi.
“¿A qué hora nos vemos, bebé?”, la Kimberly.
“No se te olvide lo de hoy, Richard”, la Paty, que ya sonaba medio encabronada.
Y luego el mensaje más peligroso:
“Amor, pásate por las flores antes de venir”, de su esposa, la Mónica.
Richard se quedó viendo el techo desconchado.
—Ya valí madres —murmuró.
Porque no eran dos. Ni tres. Eran nueve novias oficiales en distintos puntos estratégicos de la ciudad: una en Tacuba, otra en la Guerrero, dos en la Anáhuac, una en Azcapo, otra en la Doctores, y así, como ruta de microbús sentimental. Y luego su esposa, la legítima, la que le lava los calcetines y le revisa el celular cuando puede.
—¿Y ahora qué vas a hacer, campeón? —le dijo el Charly en la talachería, mientras se comian su guajolota—. Eso te pasa por andar de ojo alegre.
—No es ojo alegre, es talento social —respondió Richard, acomodándose el copete frente al espejo del coche—. Nomás es cuestión de logística.
Logística. Como si el amor fuera entrega de paquetería.
Armó su plan con una libreta: horarios, zonas, presupuestos. Nada de restaurantes caros; puro detalle estratégico. Un peluche aquí, una rosa allá, un chocolate en promoción del Oxxo. El chiste era que todas sintieran que eran “la mera buena”.
A las diez estaba en la Guerrero con la Yesi.
—Ay, mi Richie, sí eres bien lindo —le dijo ella, abrazándolo—. Yo sabía que no me ibas a fallar.
—¿Fallarte yo? Jamás, preciosa. Tú eres especial.
Media hora después ya iba en el metro, sudando, repasando nombres para no regarla. Porque lo peor no era el gasto, era confundirlas.
En Azcapo, la Kimberly lo recibió con beso largo.
—¿Y qué soy yo para ti? —le preguntó, mirándolo fijo.
Richard sintió que el corazón le daba un brinco.
—Pues… mi casualidad más bonita.
Ni él entendió qué quiso decir, pero sonó profundo y la morra se derritió.
El verdadero terror empezó cuando, a las cuatro de la tarde, se topó en la plaza a dos de ellas al mismo tiempo. La Paty y la Brenda, frente a frente, con sus globos metálicos en forma de corazón.
—¿Qué haces aquí, Richard? —preguntó la Paty, frunciendo el ceño.
—Eso, ¿qué haces? —secundó la Brenda.
El Richard sintió que el mundo se le hizo chiquito, como camión en hora pico.
—Pues… vine a comprar un detallito pa’ mi prima —improvisó—. Anda bien agüitada, pobrecita.
Las dos se miraron. No estaban convencidas, pero tampoco tenían pruebas. En esta ciudad uno aprende a sospechar, pero también a hacerse el loco.
Salió de ahí vivo, pero ya tembloroso. El amor, pensó, es más peligroso que andar en moto sin casco por Periférico.
A las ocho llegó con la Mónica, su esposa. Traía flores medio chuecas y una caja de chocolates aplastada.
—¿Por qué hueles a perfume que no es mío? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Es del taller, amor, ya ves que ahí todo huele raro.
La Mónica lo miró largo, como escaneándolo. Luego suspiró.
—Más te vale que no andes de cabrón.
Richard sonrió, nervioso.
Esa noche, acostado junto a ella, revisó el celular. Nueve conversaciones activas. Nueve promesas. Nueve mentiras pequeñitas que, juntas, ya eran un edificio completo.
Se quedó viendo el techo.
Pensó que en la colonia todos presumen lo que no tienen: lana, poder, amores. Él presumía mujeres. Pero en el fondo sabía que no era galán, era equilibrista. Y cada 14 de febrero caminaba por la cuerda floja sin red.
Cerró los ojos, agotado. Había sobrevivido otro Día del Amor y la Amistad.
Pero mientras el celular vibraba otra vez, entendió algo que jamás admitiría en voz alta:
No estaba conquistando a nueve mujeres.
Estaba huyendo de quedarse solo con una verdad.
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