Por Andrea Méndez
Siempre que me preguntan digo que el cine romántico no es mi género favorito… y sin embargo regreso a él como quien vuelve a un ex que ya sabe que no le conviene. Me pasa seguido: me siento frente a la pantalla con una mezcla de escepticismo y esperanza, pensando “a ver, sorpréndeme”, y casi siempre termino tocada. No necesariamente feliz. Tocada.
El cine romántico me parece extraño porque no habla del amor real, sino del deseo. Y el deseo, ya lo sabemos, nunca es limpio, nunca es directo, nunca es suficiente. Es falta. Es proyección. Es repetición.
Y si algo tiene el cine romántico es que repite obsesiones. Aquí comparto seis ejemplos que, por distintas razones, me han hecho pensar (y sí, también llorar).
Before Sunrise (1995) – El amor como posibilidad
En la trilogía de Richard Linklater, especialmente en *Before Sunrise*, el romance no es destino, es encuentro. Dos desconocidos que caminan y hablan. Nada más. Y sin embargo, todo.
Lo que me obsesiona visualmente es la cámara flotante, los planos largos, la ciudad como cómplice. No hay montaje frenético; hay tiempo. Tiempo para que el deseo se construya con palabras. Desde el psicoanálisis, es el enamoramiento en su fase más pura: el otro todavía no decepciona porque aún es proyección.
Recuerdo verla a los quince y sentir que el amor era eso: conversaciones interminables, promesas abiertas. Ahora la veo y pienso en lo frágil que es esa burbuja.
In the Mood for Love (2000) – El deseo contenido
Aquí el amor no se consuma. Y justo por eso duele más. Wong Kar-wai filma el deseo como si fuera humo atrapado en un pasillo estrecho.
Visualmente es una obra maestra del encuadre cerrado: cuerpos que casi se tocan, movimientos ralentizados, colores saturados que parecen latir. La repetición musical funciona como síntoma: el deseo insiste, pero no se resuelve.
Es el amor como renuncia. Como aquello que no puede ser, y por eso se vuelve eterno. Siempre he pensado que esta película entiende algo brutal: a veces lo más intenso no es lo que vivimos, sino lo que imaginamos.
Blue Valentine (2010) – La erosión del vínculo
Esta película me cuesta. No por mala, sino por honesta. Aquí el romance no termina en beso, termina en desgaste.
Lo que me parece brillante es la estructura temporal fragmentada: pasado luminoso, presente áspero. El montaje confronta ilusión y realidad sin anestesia. Desde el análisis, es el duelo por la fantasía inicial. El momento en que el otro deja de ser ideal y aparece como sujeto separado.
La vi en una etapa en la que yo misma estaba cuestionando una relación larga. Salí del cine con una sensación rara: no tristeza, sino reconocimiento.
Her (2013) – Amar la proyección
Spike Jonze entendió algo profundamente contemporáneo: el amor como relación con una voz, con una interfaz, con una construcción.
Visualmente, la película usa tonos cálidos y espacios abiertos que contrastan con la soledad interna del protagonista. Theodore ama una inteligencia artificial, pero en realidad ama lo que proyecta en ella.
Her, es casi un caso clínico sobre el narcisismo: amar lo que no contradice, lo que se adapta. Me dejó pensando mucho en cómo hoy el romance también se vive a través de pantallas.
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) – El amor como repetición
Si pudiera analizar una película durante horas, sería esta. Borrar al otro para dejar de sufrir… pero volver a elegirlo.
La fragmentación visual, los saltos de memoria, los espacios que se desmoronan: todo representa la mente en duelo. El amor aquí es síntoma repetido. Incluso sabiendo que va a doler, elegimos regresar.
Cada vez que la veo confirmo algo incómodo: no nos enamoramos de cualquiera. Nos enamoramos de aquello que encaja con nuestras heridas.
Call Me by Your Name (2017) – El despertar
Esta película me conmueve por su delicadeza. El verano, la luz natural, los encuadres abiertos que dejan respirar el deseo. Aquí el amor es iniciación.
Desde mi visión, es el descubrimiento del cuerpo y del lenguaje del deseo. No hay prisa narrativa. El tiempo es espeso, sensorial.
Hay una escena final, no diré cuál, pero sabemos, donde el rostro sostiene el dolor sin corte. Ese plano es casi terapéutico. Nos obliga a permanecer con la emoción. Sin huir.
Entonces… ¿qué hace el cine romántico con nosotros?
El cine romántico no nos enseña a amar; nos enseña a imaginar el amor. Y esa imaginación puede ser tan poderosa que a veces estorba en la vida real. Pero también nos permite ensayar emociones, reconocer patrones, entender nuestras propias compulsiones afectivas.
Yo sigo viendo romances con una mezcla de ironía y vulnerabilidad. Analizo los encuadres, cuestiono la idealización, detecto los mecanismos de proyección… y aun así me dejo llevar.
Tal vez porque, en el fondo, el cine romántico no trata del otro, sino de nosotros. De cómo deseamos. De cómo repetimos. De cómo insistimos en creer que esta vez será distinto.
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