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CRÓNICAS PERRAS. El día del amor y los enamorados.

La cita. FA 2019


CRÓNICAS PERRAS.

Dicen que el Día del Amor y la Amistad es puro corazón rojo y globito en forma de riñón sentimental, pero yo que soy perro callejero, perro barrio y psicodélico certificado por la Universidad Autónoma de la Banqueta, les puedo decir que en la CDMX el 14 de febrero huele más a perfume barato mezclado con ansiedad que a rosas frescas. Desde temprano la ciudad amanece cursi, toda emperifollada como quinceañera con filtro de Instagram: puestos improvisados vendiendo peluches tamaño oso polar, globos que dicen “Te amo, mi vida” y ramos que cuestan lo que yo junto en tres meses de lamer banquetas. Y la banda ahí va, comprando amor al mayoreo, como si Cupido aceptara tarjeta de débito.

Yo me doy el rol por el Centro, por la Doctores, por la Narvarte, y veo a los enamorados caminar como si flotaran, agarrados de la mano, creyéndose protagonistas de su propia novela de las nueve. Y sí, hay amores bien chidos, de esos que se miran como si el mundo se apagara alrededor, que se besan afuera del Metro Balderas como si el vagón fuera altar y el torniquete testigo. Amores románticos que sobreviven al tráfico, al smog y a la renta cara; amores que nacen en una peda, en un taller de poesía, en una fila para los tacos; amores que dicen “va, contigo sí me rifo aunque la ciudad esté patas arriba”.

Pero también está el otro lado, el que no sale en las postales. Los hoteles de paso, por ejemplo, que ese día trabajan más que diputado en campaña. Esos templos del deseo exprés donde el amor entra por horas y sale por la puerta trasera, despeinado y con el delineador corrido. Yo me he echado siestas afuera de más de uno, viendo entrar parejas que se juran eternidad con tarifa de trescientos pesos la hora. Y no juzgo, eh, porque a veces el amor también necesita cuarto con espejo en el techo y música ambiental medio ochentera. Amores de paso, sí, pero a veces más honestos que los de discurso largo.

Y luego están los migajeros, esos valientes del sentimiento mínimo, que se conforman con un “hola perdido” a las once de la noche. Los que aceptan amor en abonos chiquitos, que celebran que les contesten el mensaje con un emoji medio tibio. Ay, carnal, cómo abundan en esta ciudad. Los veo sentados en bancas del Parque México mirando el celular como si fuera oráculo. Y cuando no llega el mensaje, suspiran y se compran un elote pa’ pasar el trago amargo.

También están los que compran amor por hora, sin eufemismos ni flores. Los que pagan por compañía porque la soledad pesa más que la cartera. En calles discretas y cuartos con focos rojos se negocian caricias como si fueran mercancía, y yo desde la sombra entiendo que a veces no es el cuerpo lo que buscan, sino que alguien los mire tantito, aunque sea por contrato. La ciudad también tiene ese rostro, y negarlo sería hacerse pato.

Y qué me dicen de los que se quedan con el ramo en la mano, parados en una estación del metro donde nadie llegó. Esos me duelen más, porque traen el corazón expuesto como cable pelado. He visto a más de uno caminar por Reforma con las flores marchitándose en tiempo real, como si cada pétalo supiera que la cita ya se fue al carajo. Y aun así, siguen caminando, tercos, románticos, aferrados a la idea de que algún día sí será correspondido el asunto.

Y luego están los que aman a alguien que ya no está en este plano. Esos sí cargan un 14 de febrero silencioso, visitando tumbas, mirando fotos, abrazando recuerdos que no contestan. Yo me les acerco despacio, porque los reconozco: huelen a nostalgia profunda, a ausencia que no caduca. Su amor no necesita globos ni cena, porque vive en otra dimensión, más allá del tráfico y del ruido.

Así es esta ciudad el Día del Amor y la Amistad: un carnaval de sentimientos donde caben los besos apasionados en Coyoacán, las rupturas dramáticas en Insurgentes, las reconciliaciones en Xochimilco y los mensajes borrachos enviados a las tres de la mañana. La CDMX es un corazón enorme, parchado y grafiteado, que late descompasado pero no deja de latir.

Y yo, Perrochinelo, perro barrio y psicodélico, me quedo pensando mientras me acomodo bajo una banca: el amor aquí no es perfecto, ni puro, ni siempre correspondido. Es caótico, ruidoso, a veces comprado, a veces mendigado, a veces eterno aunque el cuerpo ya no esté. Pero sigue siendo motor, gasolina, chispa. Y mientras haya alguien que se arriesgue a decir “te quiero” aunque le tiemble la voz, esta ciudad seguirá siendo territorio romántico, aunque huela a smog y a rosas de oferta.

Porque amar en la CDMX es acto de fe… y de valor.

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