Queridísimo Félix:
Espero que todo vaya mejorando, y que está carta te ayude a distraerte un momento. He descubierto o más bien, perfeccionado, el arte milenario, espiritual y profundamente necesario de evadirme de la realidad. No hablo de iluminación, ni de esos cursos para “manifestar abundancia” que venden unas señoras en Instagram que creen que la lavanda cura la ansiedad. No, Félix. Lo mío es evasión pura, dura y estratégica. Un mecanismo de supervivencia digno de un documental de National Geographic: “La hembra antisocial y las técnicas para no perder la cordura en ambientes hostiles”.
Porque mira, si algo me ha enseñado la vida o sea, sobrevivir a reuniones familiares, trabajos, escuelas y a la humanidad en general, es que evadirte no es un lujo: es una necesidad del mismo calibre que respirar o fingir que te importa lo que dice tu jefe.
Todo empieza en las reuniones familiares con mi tía prianista, esa criatura medieval que vive en un loop eterno de comentarios clasistas, racistas y opiniones no solicitadas sobre cómo debería vivir mi vida… y la de todos los demás. En cuanto la oigo arrancar con su frase favorita: “Yo no discrimino, PERO…” que, como ya sabemos, es el equivalente verbal de advertirte que viene un tsunami de lodo biológico, inmediatamente dejo mi cuerpo. Así, sin más. Mi alma se levanta, camina hacia la ventana y se queda ahí viendo al horizonte, mientras mi cascarón humano asiente como foca amaestrada.
Eso, querido Félix, es evolución.
Lo mismo pasa en las juntas de la oficina. Tú sabes que yo ya no estoy ahí: mi cuerpo ocupa una silla, pero mi conciencia está flotando en un plano paralelo donde no existen los KPI, los OKR ni las diapositivas con degradados espantosos. Me he convertido en maestra del arte de mirar fijamente un punto en la pared mientras mi mente se desplaza hacia lugares más seguros, como imaginar un universo donde mis compañeros de trabajo aprendieron a redactar correos sin pasivo redundante.
Y luego están las fiestas obligatorias de oficina, rito corporativo creado por gente que odia la felicidad. Ahí es donde la evasión se vuelve deporte extremo. Porque no, yo no quiero bailar con el del área de logística que huele a un perfume mata neuronas; no quiero ver al jefe con luces estroboscópicas mientras grita que “somos una familia”; no quiero participar en el karaoke donde inevitablemente alguien destruye una canción de Juan Gabriel.
Así que me evado. Me voy. Internamente, claro. Mi cuerpo sigue ahí, bebiendo un vaso con hielos, porque ni siquiera trajeron agua mineral decente. Pero mi mente está tomando el sol en algún rincón de mis fantasías donde nunca nadie organiza dinámicas de integración.
Lo mismo aplica para las conversaciones de las y los compañeros. Ya sé que suena cruel, pero Félix… no puedo fingir interés en temas que, honestamente, ni ellos deberían estar hablando. Que si la dieta keto de Marisol, que si el coach de vida de Omar, que si el bebé del departamento de ventas ya dice “papa” y yo solo pienso: Claro, criatura inocente, dilo antes de que la vida te apague la ilusión.
Ahí también abandono mi cuerpo. Floto lejos. Me voy a un universo donde la gente solo habla si tiene algo útil o gracioso que decir, y donde yo no tengo que escuchar la historia completa de cómo alguien eligió la tela de su sofá.
Y no olvidemos el tráfico. Ese limbo infernal donde la humanidad muestra su verdadera esencia, y es horrible. Ahí la evasión es un acto de autoamor. Porque si me quedo presente, Félix, termino manejando con el nivel de odio de un villano de caricatura. Entre el micro que invade tres carriles y el motociclista que cree que es intangible, la única salida es disociarte hasta convertir el trayecto de dos horas en una nebulosa donde no hay tiempo ni espacio, solo sobrevivencia.
Porque sí, todo aquello que me recuerda por qué odio al mundo exige una dosis considerable de autoexilio mental. Y mira, yo sé que suena extremo, pero es que mi estabilidad emocional no se mantiene sola. No es magia. No es casualidad. Es evasión consciente, voluntaria y altamente sofisticada.
La gente, Félix, siempre me pregunta por qué soy tan callada. Que si estoy triste, que si estoy enojada, que si necesito amigos, que si necesito “abrirme más”, como si fuera una puerta oxidada. La realidad es mucho más sencilla: no hablo porque me caen mal. O me aburren. O ambas. Y porque prefiero estar en mi universo mental, donde no existe la obligación social, ni los comentarios pasivo-agresivos, ni la gente que cree que tener opiniones fuertes sobre el mejor sabor de frappé los hace interesantes.
Por eso evadirme es sagrado. Es mi protesta silenciosa. Mi huelga emocional. Mi sombrilla mental contra la lluvia ácida de la realidad.
Y mira, puede sonar feo, pero gracias a eso sigo cuerda, sigo funcional y sigo fuera de prisión. Porque si yo realmente viviera plenamente presente en cada una de esas situaciones… Félix, ya habría colapsado la estructura social desde adentro.
Así que sí, evadirme es mi forma de amor propio. Mi mecanismo de defensa. Mi superpoder antisocial.
Y tú, querido amigo, eres de las pocas personas a quienes no disocio. Qué honor, ¿no?
Con afecto irónicamente genuino,
Tu amiga que siempre está presente… pero no tanto.
Rebeca Jiménez
P.D. Que todo mejore.
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