Por Terrornauta
En los oscuros pasillos de la literatura gótica, pocas criaturas han dejado una huella tan profunda, melancólica y simbólica como la criatura de Frankenstein. Este ser, nacido de la ambición y del destello de la ciencia, no es simplemente un monstruo para aterrorizar, sino un espejo roto del alma humana, un presagio sombrío del poder del conocimiento, la soledad y la responsabilidad. Como un verdadero fan del terror, convencido de que la verdadera monstruosidad no yace solo en lo definitivo, sino en lo inacabado, encuentro en este personaje una figura que va más allá de su época y sigue impactando con fuerza en nuestro presente.
Mary Shelley, con su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, no creó únicamente un relato de horror: confeccionó una advertencia poética. La criatura no tiene nombre propio, lo que ya es un gesto terrible —es llamada “monstruo”, “espécimen”, “desdichado” — y esa ausencia de identidad subraya su condición como “otro” radical.
Ese ser ensamblado con fragmentos humanos simboliza, según numerosos estudios, las consecuencias de la ambición científica desmedida: el hombre que juega a ser Dios y luego abandona lo que ha creado sin asumir su deber moral.
En su creación, Víctor Frankenstein encarna la sed del siglo XVII-XVIII: el ideal ilustrado de dominar la naturaleza, de arrancar secretos de la vida misma. Pero la criatura demuestra que la naturaleza no es un elemento dócil. Según críticos, su forma grotesca y su rechazo social expresan la resistencia de lo orgánico frente a la lógica fría de la Ilustración. Esa paradoja romántica, entre lo racional y lo sublime, lo creado y lo viviente, se convierte en el núcleo de su tragedia.
Desde su “nacimiento”, la criatura muestra una sensibilidad casi humana: observa, aprende, ama. Pero su rostro deforme provoca horror y rechazo inmediato en todos los que lo ven. Su sufrimiento es doble: nace sin culpa, pero es condenado por el simple hecho de existir. Es el símbolo del paria, del hijo abandonado, del marginado social.
Ese rechazo constante, reflejo de la crueldad humana, fragua su resentimiento y, eventualmente, su transformación en venganza. Shelley nos sugiere que la maldad de su criatura no es innata sino moldeada por la exclusión y la soledad. Como un doble de Víctor Frankenstein, actúa como espejo de sus peores impulsos: es su parte oscura, proyectada hacia el afuera para evadir la culpabilidad del creador.
En su núcleo filosófico, Frankenstein es una meditación sobre la ciencia desbordada. Víctor, cegado por el deseo de crear vida, olvida cualquier ética; su genio no va acompañado de responsabilidad. La criatura encarna esa falla: una vida otorgada, pero también abandonada, un ser consciente al que nadie otorga dignidad.
Ese horror no es sobrenatural, sino moral. La criatura nos muestra que el conocimiento, sin empatía, sin límite, puede devorarse a sí mismo. Eso se conecta con lo que en tiempos modernos llamamos “síndrome de Frankenstein”: el temor de que lo creado por la ciencia se vuelva contra su creador. Shelley, en su gótico más puro, reclama: no basta con saber, hay que sentir y asumir.
La criatura no solo busca comprensión, también se refugia en la naturaleza. En la novela, abandona la civilización para adentrarse en paisajes desolados, donde contempla el esplendor y la crueldad del mundo natural. Esa conexión con lo sublime romántico, esa fuerza tremenda y más allá de nuestra lógica, es parte de su identidad: no es solo cráneo y músculo, sino pasión y melancolía.
Al mismo tiempo, la naturaleza opresiva refleja el tormento interior del monstruo. Los relámpagos, el fuego, las tormentas, símbolos recurrentes en la obra, nos recuerdan la ambigüedad de la creación: el fuego da vida, pero también destruye.
En nuestra era moderna, la criatura de Frankenstein sigue siendo relevante con una fuerza casi lovecraftiana. Su dolor por el rechazo, su deseo de pertenecer, su resentimiento: coinciden con las angustias actuales de marginación, identidad y creación artificial (sea biológica o tecnológica). Se convierte en un arquetipo atemporal, no solo de monstruo, sino de “otro” que no ha sido querido.
Su tragedia nos habla también del presente: vivimos en un mundo donde la ciencia avanza a pasos agigantados, pero ¿hemos aprendido la compasión? ¿somos capaces de asumir la ética de lo que creamos? Frankenstein nos advierte: el monstruo más terrible no es el que acecha en la oscuridad, sino aquel que hemos engendrado con nuestra soberbia y abandono.
Como fan del terror, mi visión es esta: la criatura de Frankenstein es uno de los monstruos más hondos jamás imaginados porque no es un ente simplemente horripilante, sino un reflejo de nosotros mismos, en nuestra forma más herida. No teme solamente las antorchas o la muerte: teme la soledad, el desprecio y la culpa del que lo creó. Esto lo convierte en un monstruo trágico, no malévolo por naturaleza, sino desesperado por cariño y justicia.
Mary Shelley escribió su monstruo en la encrucijada entre la Ilustración y el Romanticismo, y sus ecos aún resuenan en nuestra era de bioingeniería y robótica. Su creación, ese ser que nace sin madre, sin nombre, sin futuro claro, nos cuestiona ahora más que nunca: ¿qué significa dar vida? ¿qué responsabilidad tenemos hacia lo que creamos? ¿puede la ciencia sin alma ser un acto de monstruosidad?
Al revisitar a Frankenstein y su criatura, siento ese estremecimiento que solo el buen horror provoca: no el simple grito, sino la reflexión. No solo la repulsión, sino la compasión. El monstruo no solo nos aterroriza: nos enseña. En su dolor, en su soledad, en su deseo de ser amado, descubrimos un espejo roto de nuestra humanidad. Y eso, para mí, es el terror más profundo y necesario
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