Por Andrea Méndez
La maternidad en el cine… ay. Siempre me detengo cuando escribo sobre esto. No porque no haya mucho que decir (hay demasiado, tal vez), sino porque me atraviesa. Porque aunque no soy madre —y no sé si quiero serlo—, he sentido el vértigo de ese lugar simbólico, el peso de las madres de otras, las madres que fui en sueños, las que no tuve, las que veo en la pantalla. Porque el cine ha sido una escuela emocional para mí, y ahí he aprendido que la maternidad no es solo un hecho biológico, sino una fuerza visual, un nudo psíquico y narrativo. Un territorio emocionalmente peligroso, contradictorio y bello.
Cuando era más joven —muy joven— pensaba que las películas sobre mamás eran aburridas. Demasiado "normales". Pero un día, viendo The Piano de Jane Campion, algo cambió. Holly Hunter, muda, con su hija en un rincón salvaje de Nueva Zelanda, me mostró que la maternidad también puede ser silenciosa, sexual, rota. Que una madre puede desear, puede huir, puede no explicarse. Desde entonces empecé a rastrear a esas otras madres, las que no entraban en el molde del sacrificio idealizado.
Y ahí estaba también Todo sobre mi madre de Almodóvar. Manuela, la madre rota que corre entre hospitales, escenarios teatrales y habitaciones de tránsito buscando entender a su hijo muerto. Ahí entendí que ser madre en el cine también es encarnar el duelo, la pérdida, la transformación perpetua. Que una madre puede ser travesti, enfermera, actriz, sombra. Que la maternidad no es una esencia, sino un lugar móvil, afectivo, político.
Desde el psicoanálisis, la madre es una figura fundacional, sí, pero también un enigma. Lacan decía que la madre, en su versión simbólica, es el Otro primordial. Y muchas películas lo confirman. En Psycho, por ejemplo, la madre es una voz, una sombra que Norman carga consigo, un fantasma que estructura su deseo y su crimen. En Coraline, la madre “otra”, la del botón en los ojos, encarna la fantasía de una madre perfecta que, justo por eso, es monstruosa. Y en Hereditary, la maternidad se convierte en herencia maldita, en transmisión del horror.
Lo que me obsesiona es cómo eso se traduce visualmente. Porque hay algo muy particular en cómo el cine encuadra a las madres: muchas veces en primer plano, mientras la mirada del hijo o hija permanece fuera de campo. Como si la maternidad fuese vista siempre desde el deseo o el trauma de otro. Otras veces, la cámara las deja solas, en planos largos, como en Roma de Cuarón, donde Cleo —madre sin serlo del todo— camina entre aguas, entre escombros, entre ausencias. Ahí la maternidad es resistencia callada, cuerpo que sostiene, mirada que observa sin pedir nada.
El cine, claro, tiene su propio cliché materno: la madre mártir, la madre heroína, la madre que muere para que sus hijos vivan. Pero me parece más interesante cuando el cine se arriesga a mostrarlas de forma ambigua. Como en Toni Erdmann, donde la hija ejecutiva es obligada a enfrentarse con el absurdo de su propio deseo por parte de un padre, sí, pero también por el vacío que deja una maternidad nunca asumida. O We Need to Talk About Kevin, donde Tilda Swinton encarna el terror de no poder amar a su hijo, de sentir que algo falló en esa supuesta pulsión maternal que todas “deberíamos” tener.
¿Y qué decir de The Lost Daughter? Esa película me confrontó como pocas. La maternidad como elección, como arrepentimiento, como abandono. Olivia Colman —¡qué rostro!—, tan contenida, tan frágil, es una madre que no supo o no pudo serlo "bien", y el cine la muestra sin juzgarla, con una ternura que duele. Ahí comprendí que el cine también puede ser espacio de reparación, de posibilidad de nombrar lo innombrable.
No es casual que muchas directoras contemporáneas estén abordando la maternidad desde estos lugares incómodos. Alice Diop, Céline Sciamma, Lucrecia Martel, Julia Ducournau… todas están diciendo: ser madre no es lo que nos contaron. Ser madre también es perderse, es desear, es mirar con rabia o con distancia.
Y sí, sé que no es fácil hablar de esto sin que alguien diga "ay, pero qué discurso tan negativo". Pero justo por eso el cine es tan necesario. Porque permite mirar sin juzgar, porque nos da el espacio para sentir sin tener que explicarlo todo.
A mí me sigue conmoviendo ver a una madre en pantalla. Me sigue afectando esa imagen repetida de la mujer que sostiene, que se tambalea, que llora en silencio mientras su hijo duerme. Me sigo preguntando si un día escribiré desde otro lugar, si la experiencia de la maternidad cambiará mi manera de mirar. Pero por ahora, desde esta trinchera melancólica, solo puedo agradecerle al cine por permitirme ensayar esos afectos, esos miedos, esas dudas.
Porque en la oscuridad de la sala, entre planos secuencia y silencios largos, la maternidad también se vuelve imagen. Se vuelve herida, deseo, y sí, también posibilidad de renacer.

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