Por El Perrochinelo
El metro de la Ciudad de México, ese gusano metálico que recorre las tripas de la ciudad, zumbaba en la oscuridad de la noche. Era la última corrida, la hora maldita en la que solo quedan las almas perdidas y los fantasmas de los que ya no tienen adónde ir. El viejo Julián, bien servido y cargando con los años en la espalda, se subió al vagón medio vacío, tambaleándose como si el piso se le fuera de lado. Con una botella de alcohol corriente en la mano y la mirada ida, se dejó caer en uno de esos asientos de plástico que nadie pela a esas horas.
El vagón avanzaba, sacudiendo a Julián de sus pensamientos por un segundo. Miró alrededor, buscando con la vista a otros pasajeros, alguna cara conocida, pero no había ni un alma. Solo él y las figuras borrosas de su pasado, esas que lo seguían como un pinche karma que no se quita ni con rezos.
—Perdónenme, muchachos... —soltó de repente, con la voz temblorosa y el aliento apestando a Tonayan—. Yo nomás seguía órdenes, chavos. No sabía que todo se iba a ir al carajo…
Pero nadie contestó. Los fantasmas, esos mismos jóvenes idealistas que él había asesinado, lo miraban sin decir nada, con sus ojos vacíos y sus rostros congelados en un reproche eterno. Julián sabía que no había escapatoria, que la vida se le había vuelto un juego de espejos rotos, donde solo podía ver las caras de los que él mismo había mandado al otro lado.
El metro se movía con ese traqueteo que hace cuando va medio vacío, y las luces del vagón parpadeaban como si también estuvieran hartas de todo. En cada parpadeo, las figuras de los jóvenes se hacían más nítidas, más presentes. Uno de ellos, un estudiante con la greña alborotada y la cara de líder que había tenido sus sueños destrozados, se le acercó.
—¿Te acuerdas de mí, pinche ruco? —le soltó, con una mezcla de tristeza y coraje en la voz—. Dijiste que no iba a pasar nada. Y míranos, nos tiraron como basura.
—Yo solo obedecía, compa, de verdad no... —Julián tartamudeaba, intentando que las palabras no se le atoran en la garganta—. Perdóname, por favor...
El joven lo miró con esos ojos que parecían ver a través de su alma y luego desapareció, como un suspiro que se lleva el viento. Pero los otros fantasmas se quedaron ahí, observándolo, esperando algo que Julián no podía darles. Era como si estuvieran aguardando una disculpa que ni todos los tragos del mundo podían arrancar de su boca.
El vagón siguió avanzando, y el metro se detuvo en una estación que Julián no reconoció. Miró por la ventana, buscando algún letrero, pero no había ni madre. Todo estaba cubierto por una neblina espesa, como el mismo olvido que lo había envuelto durante años. La puerta se abrió y un aire frío se coló en el vagón, pero los fantasmas no lo sintieron. Solo Julián, que sentía cómo ese frío le calaba hasta los huesos, como si fuera una advertencia.
Uno a uno, los fantasmas empezaron a salir del vagón, arrastrando consigo el peso de su ira, de sus sueños rotos, de su muerte. Julián los vio irse, sintiendo un nudo en la garganta que no podía tragar, sabiendo que no había salida para él. El metro siguió su marcha, pero ya no importaba a dónde lo llevara; él estaba perdido en una pinche espiral sin fin.
Las sombras en el vagón se hacían más pesadas, más densas. Julián cerró los ojos, sintiendo cómo el frío de la culpa y la soledad lo envolvían por completo. En ese último viaje, entendió que no había perdón, ni redención, ni salida. Solo le quedaba el silencio de un vagón vacío, el eco de sus errores, y el saber que estaba condenado a recorrer ese túnel hasta que la muerte, finalmente, lo alcanzara.
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