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| M, Vereinigte Star-Film GmbH. 1931 |
Por Andrea Méndez
Hay películas que no solo se ven, sino que se sienten en cada fibra del ser. "M" (1931), de Fritz Lang, es una de esas obras que, desde la primera vez que la vi, se instaló en mi mente, generando una inquietud que aún no he podido disipar. Como mujer joven obsesionada con los detalles y con una formación en psicología y análisis visual del cine, esta película representa una mina inagotable de estudio y reflexión.
La atmósfera de "M" es palpable desde los primeros fotogramas. Lang logra capturar la esencia del miedo colectivo en una ciudad atrapada por el terror de un asesino de niños. El uso del blanco y negro, lejos de ser una limitación técnica, se convierte en una herramienta poderosa que realza las sombras y los contrastes, creando una sensación constante de amenaza y desasosiego.
Uno de los aportes visuales más innovadores de "M" es el uso del sonido como elemento narrativo. Aunque pudiera parecer contradictorio hablar del sonido en el contexto de una película visual, la manera en que Lang integra los elementos auditivos con los visuales es magistral. La canción que el asesino, interpretado de manera inquietante por Peter Lorre, tararea repetidamente, actúa como un leitmotiv que avisa al espectador de su presencia antes de que aparezca en pantalla. Este recurso no solo aumenta la tensión, sino que también establece una conexión psicológica entre el espectador y el asesino, una técnica que pocas veces se había visto en el cine de la época.
Las sombras, en "M", no son meras ausencias de luz, sino personajes por derecho propio. Lang utiliza la iluminación de manera expresionista, proyectando sombras alargadas que parecen perseguir a los personajes. Recuerdo particularmente una escena en la que la sombra del asesino se proyecta sobre un cartel que anuncia una recompensa por su captura. Es un momento visualmente impactante que encapsula la omnipresencia del mal y la paranoia de la sociedad. Como psicóloga, encuentro fascinante cómo estas sombras reflejan los aspectos más oscuros de la psique humana, la constante lucha entre el bien y el mal.
La estructura visual de la película también merece una atención especial. Lang emplea una serie de planos secuencia y ángulos de cámara innovadores que contribuyen a crear un ritmo hipnótico. Los planos largos de las calles desiertas, con sus líneas geométricas y perspectivas profundas, transmiten una sensación de vacío y desolación. Estos espacios urbanos, despojados de vida, reflejan el estado mental de los personajes, atrapados en un ciclo de miedo y desesperación.
Una de las escenas que más me impacta es la del juicio final, donde la cámara se mueve de manera casi imperceptible, enfocando las expresiones de los acusadores y el acusado. La tensión acumulada se palpa en el aire, y es en estos momentos de quietud visual donde Lang demuestra su maestría. Cada gesto, cada mirada, se convierte en un grito de angustia, una súplica silenciosa.
La influencia de "M" en la narrativa visual del cine es innegable. Lang no solo establece un precedente en el uso del sonido y la iluminación, sino que también sienta las bases para el cine de suspense y thriller psicológico. Su capacidad para tejer una narrativa visual compleja, cargada de simbolismo y emoción, sigue siendo una fuente de inspiración para cineastas contemporáneos.
Al revisitar "M", me encuentro una y otra vez atrapada en su red de detalles visuales y emocionales. Cada vez revela algo nuevo, una sutilidad que había pasado por alto, un reflejo en la ventana, una sombra que se desliza silenciosa. Y es en estos momentos de descubrimiento constante donde radica la verdadera grandeza de "M".
La melancolía que siento al terminar de ver la película no es solo por la historia que cuenta, sino por la reflexión sobre la naturaleza humana que suscita. Lang nos obliga a mirar en las sombras de nuestra propia alma, a confrontar nuestros miedos y a reconocer la oscuridad que habita en todos nosotros. En su narrativa visual, encontramos un espejo que nos muestra, con una claridad dolorosa, la fragilidad de nuestra condición humana.

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