Por El Perrochinelo, perro callejero y cronista de banquetas
Mira nomás, carnal, uno acá echado en la banqueta, entre el humo de las garnachas y el eco de una música sabrosona que escupe un puesto callejero, y del otro lado del río Bravo, un güey güero con cara de papaya pasada amenaza con empezar una guerra como si se tratara de un pleito de vecindad. Ese mero, el Donald Trump, el de las greñas de elote soplado, que más que político parece exnovio ardido de la humanidad.
Yo nomás me lo quedo viendo desde la pantalla del puesto de jugos y pienso: ¿qué chingados le pasó a ese señor de morro? ¿Quién le negó un abrazo? ¿Quién le dijo que llorar era de débiles? Porque ese vato tiene la sensibilidad de una barda de concreto y el carisma de un dolor de muelas. Todo lo resuelve con muros, con bombas, con berrinches de niño rico malcriado que cree que puede patear el mundo y que nadie le va a decir ni pío.
Y es que, pa’ acabarla de amolar, el Donal no solo es gachito de corazón, también es bien facho, muy racista y todo lo que es ojeis. Le echa tierra a los migrantes, a los pobres, a los que no son como él, o sea, a casi toda la humanidad. Ese vato, en vez de presidente, debería ser villano de película de bajo presupuesto: “El regreso del güero rencoroso II: ahora con más odio y menos neuronas”.
Pero no nos hagamos weyes, eh. Ese cuate no salió así nomás porque sí. No, mis chavos. Ese señor es producto de un sistema que premia al gandalla, al que pisa al de abajo, al que habla más fuerte aunque diga puras mam...eces. Lo que da miedo no es él, sino toda la banda que lo aplaude. Gente que ve en su odio una excusa pa’ sacar sus propias frustraciones. Como los que gritan “¡fuera los indocumentados!” desde una ciudad que fue robada a los nativos, o los que piden bombas en nombre de la paz. Así como el vecino que te roba el WiFi y todavía te reclama por la señal chafa.
Ahora, con eso de que la cosa anda tensa entre Israel, Irán, Rusia y el Tío Sam, ese güey ya anda con el dedito en el botón como si estuviera jugando maquinitas. Y uno acá, en la ciudad de los baches eternos y las quesadillas sin queso, nomás se pregunta: ¿y nosotros qué culpa tenemos, güey? ¿Por qué su complejo de dios encabronado nos tiene que arrastrar a todos?
Yo, que me he salvado de coches, temblores y hasta de doñas que me quieren bañar sin mi consentimiento, les digo algo neta de neta: lo que necesita ese vato no es más poder, ni más lana, ni más armas. Lo que necesita es terapia, un café con su niño interior, un apapacho de esos que te acomodan el alma. Porque un vato que desprecia a los demás así nomás, seguro se odia más a sí mismo que los de las chivas a los americanistas.
Y sí, compitas, está chido echar cotorreo, hacer memes del Donal con cara de cheto inflado, pero también hay que ponernos truchas. Porque mientras nosotros nos reímos, allá se cocina una bomba que puede arrasar con todo, con lo bueno, lo malo y lo sabrosito. La neta, el mundo no necesita otro líder con complejo de macho alfa y menos con acceso a misiles.
Así que mi recomendación, desde esta esquina de la ciudad donde las tías riegan sus plantas con amor y los morros juegan fútbol con botellas aplastadas, es esta: hay que ladrar, pero también hay que pensar. No dejemos que los que tienen el poder lo usen nomás pa’ desquitar sus traumas. Cuestionemos, actuemos, empaticemos. Que no se nos haga normal vivir con miedo a un güey que cree que gobernar es patear hormigueros.
Desde la banqueta mojada pero viva de esta ciudad que resiste, les ladra su compa El Perrochinelo, deseándoles que ningún Donal les arruine la paz, ni la cena, ni la esperanza.
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