Por El Perrochinelo
La Facultad de Filosofía en Ciudad Universitaria siempre le había parecido a Beto un templo del pensamiento libre, un refugio de mentes elevadas donde las ideas podían florecer como bugambilias entre los muros grafiteados. Se veía a sí mismo como un Sócrates moderno, siempre con un libro de filosofía bajo el brazo y la convicción de que algún día cambiaría el mundo desde las trincheras del pensamiento crítico. Pero ese martes, con el sol pegándole directo en la nuca, estaba por descubrir que ni los grandes filósofos podían vencer a la burocracia.
El asunto parecía simple: cambiar una materia optativa que nunca le había interesado —"Estética posthegeliana"— por "Filosofía para el siglo XXI". Pero en la Facultad, lo que debía ser sencillo se convertía en un laberinto kafkiano lleno de trámites, sellos y miradas apáticas tras escritorios desvencijados.
—No, joven, esto no se puede hacer aquí. Tiene que ir primero a Servicios Escolares. —La voz de la secretaria era monótona, como si cada palabra le costará una parte de su alma.
—Pero, señorita, si aquí me dijeron que tenía que venir. —Beto intentaba mantener la calma, pero el sudor en la frente traicionaba su impaciencia.
—¿Yo le dije? Porque si no fui yo, no sé quién.
El primer golpe de realidad: la lógica aquí no era aristotélica. Era como ir a la Lagunilla y esperar que todo tuviera precio en QR.
En la oficina de Servicios Escolares lo recibió un hombre que parecía tallado en piedra: un funcionario con cara de que llevaba veinte años ahí sentado, viendo pasar generaciones de ilusos como él.
—¿Qué necesita, joven?
Beto tomó aire, dispuesto a desplegar todo su arsenal retórico.
—Vengo a cambiar una materia. Es que siento que "Estética posthegeliana" no contribuye a mi desarrollo filosófico. En cambio, "Filosofía para el siglo XXI" aborda temas más pertinentes, como la intersección del pensamiento y el contexto social...
El funcionario lo interrumpió levantando la mano, como quien espanta una mosca.
—Ajá, sí. Necesita Formato C-12, dos copias del kardex y la firma del profesor de la materia que quiere cambiar.
—¿Formato C-12? ¿Dónde lo consigo?
—Ahí, con la licenciada Rodríguez. Segundo piso.
El segundo piso olía a café rancio y humedad, y las paredes estaban forradas de corchos con papeles amarillentos que anunciaban tutorías, conciertos de trova y talleres de psicoanálisis lacaniano. La licenciada Rodríguez, una mujer de cabello perfectamente alisado y uñas largas de un rosa chicle intimidante, lo recibió con la paciencia de quien sabe que el poder está de su lado.
—¿Formato C-12? —preguntó Beto.
—Lo tengo, pero primero necesitas el Formato C-11 firmado por el coordinador.
—¿El coordinador? ¿Dónde lo encuentro?
—Está en reunión. Regresa mañana.
Beto salió de la oficina con la sensación de haber estado hablando en griego antiguo.
Al día siguiente, ya con el Formato C-11 en la mano, volvió a buscar a la licenciada Rodríguez. Pero ahora ella estaba "en una junta". Una hora después, apareció para decirle que el Formato C-12 debía ser firmado también por el jefe de departamento.
—Pero si ayer no me dijo eso. —Beto apretaba los dientes, pero Rodríguez ni se inmutó.
—Pues ahora se lo digo.
Esa noche, Beto estaba sentado en un puesto de tacos al pastor, mirando la salsa roja deslizarse lentamente por la tortilla como un río de fuego. Pensaba en su situación con un desánimo filosófico profundo. Quizá Platón tenía razón: el mundo tangible es una mera sombra de las ideas puras, y el trámite perfecto solo existía en el reino de lo inmaterial.
A su lado, un grupo de albañiles reían a carcajadas, haciendo chistes sobre la vida y las desdichas de trabajar bajo el sol. Uno de ellos, con las manos llenas de grasa y tierra, lo miró y le dijo:
—¿Qué traes, güerito? Parece que vienes de un velorio.
Beto no supo qué responder. Algo en la sinceridad brutal de esos hombres le recordó que estaba atascado en una realidad que no podía cambiar con teorías ni citas filosóficas.
El tercer día, con todos los formatos listos y las firmas necesarias, Beto volvió a Servicios Escolares. Pero el hombre de cara pétrea lo recibió con una mirada aburrida.
—Faltan tres copias de todo, joven.
—¿Qué? ¡Pero si no me dijeron nada de copias!
—Pues se da por entendido. Hay copias ahí afuera.
Con los dientes apretados y la cabeza baja, Beto salió a hacer las copias. Mientras esperaba su turno, escuchó a dos estudiantes hablar sobre una protesta contra alguna guerra, privatización o causa social, en ese momento todo le daba igual.
—¿Y tú vas a ir? —preguntó uno.
—No sé, güey. Primero tengo que terminar mi trámite de beca, y esa madre tarda como un mes.
Beto no pudo evitar reír. Había algo absurdo y hermoso en ese pequeño intercambio. Era como si todos estuvieran atrapados en el mismo ciclo de papeleo y resistencia, un combate interminable entre el conformismo y la rebeldía.
Cuando finalmente entregó sus papeles, el funcionario los revisó con la misma parsimonia de siempre.
—Está bien. Regrese en quince días hábiles para ver si procedió.
—¿Quince días? ¿Hábiles?—Beto ya no sabía si reír o llorar.
—Sí, joven. Así son las cosas aquí.
Al salir de la oficina, algo había cambiado en él. Ya no sentía rabia ni frustración, sólo una especie de resignación tranquila. La burocracia era como una pared impenetrable, pero detrás de ella seguía habiendo personas, risas y la posibilidad de encontrar algo de belleza en el caos.
Beto se prometió que no dejaría de intentar cambiar las cosas, pero también entendió que a veces el cambio empezaba por aceptar la imperfección del mundo.
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